Por: Elisabeth Ungar Bleier

¿El PRI a la colombiana?

La crisis de los partidos políticos en Colombia ha sido un tema de debate recurrente en las últimas décadas.

 

Desde la promulgación de la Constitución de 1991, que pretendió hacer el tránsito de un sistema bipartidista excluyente a un multipartidismo más representativo de la diversidad ideológica y cultural del país, pasando por las diferentes reformas políticas, incluyendo la de 2009, la necesidad de fortalecer los partidos y el sistema partidista ha estado presente. Si bien ha habido avances importantes, estos propósitos se han visto frustrados por la persistencia de prácticas políticas como el clientelismo, la compra de votos y la financiación ilegal de las campañas. Pero también por el abuso y mal uso de mecanismos que fueron ideados para democratizar el régimen de partidos.

La proliferación de las inscripciones de candidatos por firmas es un ejemplo. Aunque hay excepciones, muchos aspirantes optan por esta figura al no recibir el aval de los partidos, o porque no quieren someterse a las reglas de selección de los candidatos, o porque piensan que así pueden evadir las investigaciones por posibles impedimentos o inhabilidades. Incluso, personas que tradicionalmente se han identificado con una determinada colectividad, sin mayor explicación deciden probar su suerte electoral y presentarse por firmas, generando confusión entre sus seguidores.

Contrario al espíritu de la norma que le dio vida, esta figura ha tenido algunos efectos negativos. Entre ellos, la personalización de la política, porque la atención se centra en el candidato y no en el partido; confusión entre los electores; dificultades para la gobernabilidad, al no tener los elegidos una organización partidista que respalde sus propuestas y porque se diluyen las responsabilidades políticas frente a los electores; y la desinstitucionalización y desprestigio de los partidos, porque con frecuencia se justifica la modalidad de las firmas a partir de discursos deslegitimadores de las organizaciones partidarias. Y si bien la última reforma política le impuso límites y reglamentó la inscripción de candidatos por firmas, es hora de hacer un balance y de evaluar sus consecuencias para el ejercicio de la política en Colombia.

Otro hecho que ha afectado a los partidos políticos es la tendencia a unirse a alianzas “ganadoras”, sin que medien motivaciones. El ejemplo más reciente es el ingreso del Partido Verde a la Unidad Nacional, anunciado por el presidente Santos el pasado 20 de julio. En este caso no se conocen acuerdos programáticos, si es que los hubo, y la decisión la adoptó un pequeño grupo de dirigentes sin un debate dentro de la organización. Si bien la “Unidad Nacional” ha facilitado la gobernabilidad y le ha dado al presidente un cómodo margen de maniobra incluso en temas polémicos como la Ley de Víctimas, en el mediano y largo plazo los costos políticos pueden ser grandes. En términos prácticos, esto significa acercarnos peligrosamente a la figura del partido único.

Ligado a lo anterior, es notorio el debilitamiento de la oposición en Colombia. Antes que una demostración de fortaleza de la democracia, lo que esto indica es que aún estamos lejos de alcanzar una democracia plena. El unanimismo en política nunca ha sido bueno.

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