El primer error de Claudia Blum

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Esta es la historia de cómo una política corrupta dejó en evidencia las falencias de una estrategia política regional y la falta de planeación del Gobierno ante una situación completamente previsible. Me explico.

Para nadie es un secreto que Venezuela es el refugio de los mayores enemigos y los personajes más buscados de Colombia. La falta de controles en la frontera y la rampante corrupción han convertido al vecino país en el centro de operaciones de todo aquel que quiere esconderse de las autoridades nacionales. Farc, narcotraficantes y hasta más del 40 % del Eln, según datos de la Fundación Ideas para la Paz, tienen como base Venezuela. Por eso, desde siempre tuvo que existir un plan de acción para el momento en que, así fuera por casualidad, uno de esos bandidos terminara capturado.

Pero no. Como un baldado de agua fría cayó al Gobierno la noticia de la captura de Aída Merlano. Pasaron horas para que se pudiera confirmar el hecho de que la guardiana de los secretos de la podredumbre política de la región Caribe estaba bajo el poder de la policía especial de Nicolás Maduro. Y como si fuera poco, llegada la noche fue emitido un comunicado que parecía escrito por el enemigo.

El documento de cinco puntos tuvo dos finales, que no se entiende por qué fueron incluidos. Me refiero a: “Como es de todos conocido, Colombia, junto con varios países de América Latina y el resto del mundo, no reconoce y por ende no tiene relaciones diplomáticas con el régimen dictatorial de Nicolás Maduro” y “cuando el juez competente solicite la extradición de la señora Aída Merlano, el Gobierno Nacional hará la solicitud ante el legítimo Gobierno de Venezuela, en cabeza de Juan Guaidó”. Innecesarios.

Parece infantil tener que explicar en una misma carta que no se puede pedir la extradición de Merlano y al mismo tiempo recordarle a quien es el único que podría ejecutar la solicitud que su interlocutor lo considera ilegítimo. De locos.

Si Colombia no hubiera incluido esos dos puntos, seguramente no estaríamos en este rollo y no habríamos caído en el error de mezclar un hecho meramente judicial con uno político de talla internacional. Ahí, la persona encargada de nuestras relaciones internacionales, nuestra canciller, debió levantar la mano y decir que no estaba de acuerdo y echarle un hielo de razón a una caldera de emoción.

Este episodio deja varias lecciones. La primera, que es necesario establecer un canal comunicante para emergencias, que los gringos definen como backchannel. Es necesaria una puerta trasera que sirva para enviar mensajes, así sea que los presidentes no se puedan mirar a la cara. La segunda, la necesidad de restablecer las relaciones consulares. Debe ser prioritario construir un puente entre las dos naciones para que personas en ambos lados de la frontera puedan solucionar sus problemas más básicos. Y la tercera, debe existir un protocolo de acción para esta clase de eventualidades, con el fin de evitar reaccionar prematuramente.

Que quede claro: nada de esto significa reconocer a Nicolás Maduro. Nada significativo ha cambiado desde la captura de Merlano. Maduro sigue siendo un dictador, violando la democracia, desconociendo la división de poderes, abusando de su poder, teniendo presos políticos, silenciando contradictores y matando de hambre a la gente de su país.

Si Aída Merlano decide quedarse en Venezuela bajo la figura de asilo político, allá ella. Si decide volverse la nueva mejor amiga de Maduro, allá ella. Finalmente, ella acá evadió la justicia y se escapó, evidenciando los privilegios que otorga nuestro vergonzoso sistema carcelario a aquellos que tienen dinero. Acá iba a hacer todo lo posible para negociar sus delaciones. Allá las hará gratis y tendrá como castigo vivir la tragedia venezolana en carne viva sin poder regresar a su país. No creo que existan muchas otras penas más severas a que la vida propia dependa de satisfacer a Maduro y su horrible corte.

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