Por: Luis I. Sandoval M.

El Príncipe desnudo…

Cuando el príncipe queda desnudo, por su malicia y sus errores, la solución no es correr a cubrirle la vergüenza o desvergüenza; el comienzo de la solución es hacer que deje, ahí sí, la silla vacía.

Quiere decir que el abuso de poder y/o la comprobación del origen espurio del poder solo tiene una sanción proporcionada: la pérdida del poder que, obviamente, conduce a la reconfiguración del poder.}

¿Puede aún quedar duda de que es esta la situación ante la cual está el país? No es, en manera alguna, una conclusión apresurada. Al Comenzar la última semana de abril, los congresistas investigados son ya 68 y se estima que podrían llegar a 80. Los que están detenidos son 31. La tercera parte de un Congreso de 260 miembros estaría afectada. Razón tenía Francisco Santos en sus previsiones y Salvatore Mancuso en sus cálculos. La acción lenta pero certera e inobjetable de la justicia lo está comprobando.

Colombia tiene hoy un Congreso ilegítimo y la ilegitimidad del Congreso alcanza al Presidente de la República porque los votos de las mafias que eligieron Senadores y Representantes son, en parte, los mismos que eligieron presidente. Pero el Presidente no es solo víctima por extensión de un fenómeno que ocurrió a sus espaldas, es evidente también que fue él quien armó políticamente el tinglado con su convocatoria a todas las derechas, incluidos los paras, para hacer la guerra a las Farc y el ELN.

No es cierto que el Presidente sea el generador de la política que conduce a poner al descubierto la enormidad dantesca de la parapolítica. La limitada desmovilización del paramilitarismo la ha adelantado el Presidente, con el nombre de proceso de paz, como una habilidosa operación de blanqueamiento de las mafias activas en la política. Ahí siguen. Cómplices del paramilitarismo han gozado de plena confianza presidencial.

Las cosas no han salido exactamente como Uribe lo quiso, lo proyectó y lo facilitó, gracias a la conciencia moral de buena parte de la sociedad colombiana, a la vigilancia de la comunidad internacional y a la actuación admirablemente recta e insobornable de la justicia.

La crisis de legitimidad conducirá a la de gobernabilidad. Un país de leyes y un Estado de derecho no se hace gobernable por la popularidad acreditada en las encuestas, ni siquiera por el éxito relativo de una u otra política, la única vía para ejercer legítimamente el poder es la transparencia en el origen del poder. ¿Cuál paso, entonces, para salir de la encrucijada y proyectar un futuro limpio? No basta sancionar penal y políticamente a los delincuentes, no basta la reforma para fortalecer los partidos, no bastan ni llegan a tiempo el Referendo o la Constituyente…

El acuerdo nacional que se reclama hay que hacerlo para una primera cosa: adelantar las elecciones de Congreso y de Presidente de la República sin segunda reelección. El acuerdo es para hacer política y legalmente viable este paso que, por supuesto, requiere cambios en la Constitución y en la ley, con respeto a la institucionalidad democrática, desarrollándola no transgrediéndola. Algo imaginativo y audaz como en el 57 y el 89. La llave no se puede dar por perdida…

Acuerdo nacional para una segunda cosa: civilizar, limpiar, democratizar, devolverle la función y la dignidad primigenia a la política y a los partidos, a través de un medio extraordinario, Referendo o Constituyente, o los dos, que le abra amplio campo a la intervención directa del demos, esto es, la gente, la ciudadanía, la multitud, el país nacional cuyas aspiraciones quedaron truncas hace sesenta años un nueve de abril…

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