Carlos Fernando Galán presenta sus propuestas a la Alcadía de Bogotá

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Por: Julián López de Mesa Samudio
Atalaya

El privilegio nos hace impopulares y peligrosos

En pasadas semanas, dos columnistas de este diario, Felipe Zuleta y Mauricio Botero, defendieron la gestión del actual alcalde haciendo un llamado por la continuidad de las políticas de esta administración en cabeza del candidato Miguel Uribe.

Lo cuestionable no es su defensa del statu quo. Lo reprochable es que le hacen eco y justifican la siniestra campaña que se resume en “impopulares, ¿y qué?”. Lo hacen defendiendo obras y ejecuciones presupuestales cuestionables, apelando a cifras grandilocuentes recogidas las más de las veces de las propias fuentes de la Alcaldía, pero, sobre todo, coincidiendo los dos en escribir con ese tono entre condescendiente e irritado frente a la “imbecilidad” que perciben en nosotros, los bogotanos, y asumiendo la misma actitud desdeñosa que tiene esta Alcaldía por las personas del común. Millones de personas que para esta administración y sus defensores son poco menos que una masa amorfa que requiere, en palabras del propio Zuleta, “mano dura, disciplina, autoridad”.

¿Cuántas veces habrán tomado un Transmilenio Zuleta y Botero (o el candidato Uribe)? ¿Cuántas veces lo habrán hecho en hora pico? Seis días a la semana, todas las semanas del año… Y esta es tan sólo una parte de las experiencias negativas en la cotidianidad de la gran mayoría de los bogotanos que ninguno de los dos columnistas parece tener en cuenta. Aun así cuestionan el comportamiento de los ciudadanos sin cuestionar las actitudes del dirigente, de quien debería dar el ejemplo, pero que no lo da al estar, como ellos, cada vez más aislado y encerrado en la cortedad de miras de sus privilegios.

Cuando se juzga a la sociedad, a los gobiernos, al acontecer histórico y político desde una posición de privilegio, sin reconocer precisamente desde dónde se están haciendo estas valoraciones; cuando se sacan conclusiones que inciden en el devenir de los otros, basándose en una percepción constreñida por los altos muros del privilegio propio, se cae en el error, peligrosísimo para un sistema que se hace llamar democrático, de pretender tener un mejor conocimiento que el de los ciudadanos, que el de los votantes, sobre lo que a ellos corresponde. Y así, la responsabilidad del servidor público se diluye en su desprecio por el otro, a quien sirve.

Tener una vida privilegiada no es reprochable. Lo es cuando dicho privilegio y sus ventajas se normalizan y se empiezan a percibir como un derecho y no como una circunstancia o una casualidad. Autores como Michael Kimmel han señalado que es inconveniente social y políticamente cuando quienes gozan de algún tipo de privilegio no están dispuestos a reconocerlo y cuando se convierte en una forma de negación de las experiencias de quienes no poseen las mismas ventajas. Cuando se minimizan o se niegan los impedimentos que afrontan aquellos no privilegiados se corre el riesgo de generar y ahondar fracturas potencialmente desestabilizadoras para una sociedad.

Por eso invito a esos privilegiados a vivir un mes de transporte público en Bogotá, día a día. Acaso ello los anime a franquear los límites de su arrogancia y les permita desarrollar una relación más empática y, por lo mismo, más adecuada frente a los demás, y a asumir una postura más informada y seria frente a los retos urgentes de la ciudad.

@Los_Atalayas[email protected]

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El privilegio nos hace impopulares y peligrosos

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