El problema de los debates

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Los programas de debates en el periodismo están sobrevalorados. Reunir a una persona que piensa X y a otra que tiene la posición contraria, para discutir con poca o ninguna verificación de argumentos, es un formato que me parecía cautivante en mi temprana adultez, pero cada vez me interesa menos. En especial porque los programas de debate, casi sin excepción, giran en torno a la política.

El periodismo colombiano está hiperpolitizado y, si no fuese por el COVID-19, el periodismo de salud seguiría en los márgenes que ocupan otros géneros, como el cultural, el internacional e incluso el económico que, si bien tiene sus propios medios de comunicación y buenos periodistas, padece de una agenda estrecha y aridez creativa.

Así que, dentro del formato del programa de debate, generalmente enfrentan a uno o dos políticos, o periodistas y activistas que aspiran a hacer política, que están aprovechando al máximo la ventanita de tiempo al aire.

Un primer problema que tiene este formato es que a menudo no contrasta creencias bien sustentadas, sino que pone sobre el escenario un par de productos electorales, más interesados en su popularidad o carrera que en el tema mismo que se discute.

El programa de debate, entonces, hace poco por esclarecer el tema que se está debatiendo y fomenta evaluar el desempeño retórico de unos concursantes empeñados en sostener posiciones que, además, casi nunca están llamadas a ser rigurosas por quien modera.

Es cierto, a veces tenemos a una persona que realmente domina el tema, pero dentro del formato de debate es posible que su posición quede sofocada porque su contrario, que no sabe del tema, se expresó de una manera más atractiva o tiene más carisma.

Y surge el segundo problema: en un debate, la sagacidad tiene la misma o mayor credibilidad que el conocimiento. Quien responde rápido, es hábil con las palabras, no se enreda y, lo peor, no piensa mucho su respuesta generalmente lleva la delantera. Entretanto, el que piensa pierde, porque aburre, confunde o sencillamente enreda. Así que el papel de quien conduce un programa no es facilitar que un tema se observe en toda su complejidad, sino impedir que los que más hablan monopolicen la palabra y todos tengan la oportunidad de expresar su posición. Siempre una posición. Eso nos lleva a un tercer problema.

Hay muchos temas en los que lo importante no es tener una posición, estar a favor o en contra. Este es otro sentido en el que el periodismo colombiano está hiperpolitizado. Creemos que el debate es una forma de llegar al fondo de un asunto, cuando a menudo el debate no hace sino nublarlo. Se impone relativismo de opiniones, donde a veces simplemente hay alguien que tiene la razón y alguien que está equivocado.

Desde la perspectiva de la producción, un debate resulta más fácil o al menos más rápido de elaborar. Se piensa en un tema, se agendan a unas personas para que lleguen al estudio (cierto, eso es más complejo de lo que parece), y si el conductor es profesional, estudia y prepara el programa. Es un formato que, si bien da para altas dosis de estrés, se produce más rápido que un reportaje de una hora.

Cuando fui editor general del portal periodístico China Files, en Beijing, teníamos un problema práctico: una parte importante de nuestros ingresos venía de vender contenido a periódicos y revistas de América Latina, pero el tiempo del equipo de periodistas estaba dividido. Ofrecían temas y los desarrollaban para nuestros clientes, pero al mismo tiempo generaban contenido original sobre China para una página de internet propia, que no nos generaba ingresos, solo nombre y visibilidad. El resultado era un equipo sobrecargado de trabajo y una página que podría siempre ser mejor.

Para aprovechar al máximo el tiempo de nuestro equipo y darle un aire nuevo a la página, decidí que los periodistas se dedicarían sólo a producir contenido que pudiéramos vender, y el que no, lo obtendríamos por fuentes externas, creando un abanico de páginas de opinión y colaboraciones no remuneradas de personas que escribían entre 500 y 1.000 palabras, una o dos veces al mes.

Funcionó. Los colaboradores ganaban con visibilidad y el equipo interno pudo concentrarse en reportajes que vendíamos a medios latinoamericanos.

A lo que voy con esto es que el programa de debates tiene la misma ventaja con respecto a su contenido: lo tiene en los invitados. Así que independientemente de si les pagan o no a quienes van y debaten (generando así el contenido de su programa), aseguran agilidad en la producción. Y si no les pagan a los participantes, también es más barato. Es un formato más práctico, en muchos aspectos, que uno de reportajes.

Hay puntos medios. Soluciones salomónicas. En lugar de estar invitando a los programas a alguien que opina 1 y al que opina -1, se podría invitar a dos especialistas. No hay rifirrafe, no hay conflicto. Solo tomar un tema y tratarlo con el mayor rigor. Será menos emocionante, pero es un formato cuya honestidad intelectual cada vez me interesa más. El gran inconveniente, pero esto es para otra columna, es que genere menos rating.

Twitter: @santiagovillach

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