Por: Santiago Villa

El problema de un Museo de la Memoria en Colombia

El Museo del Comunismo, en Praga, tiene una narrativa similar al Museo del Apartheid en Sudáfrica. Cada uno, desde sus respectivas orillas de la historia, hace un recorrido ascendente: va de la opresión a la libertad. Esta narrativa es una suerte de modelo para los museos de memoria histórica estatal en los países donde efectivamente aconteció una transición política.

El problema que enfrenta el Museo de la Memoria en Colombia, y en general el Centro Nacional de Memoria Histórica, es que en Colombia el Acuerdo de Paz de La Habana no implicó una transición política, sino la entrega de armas de uno de los muchos grupos armados ilegales, para constituirse como partido político. A partir de esta premisa es difícil llegar al consenso político necesario para sostener una narrativa oficial del conflicto armado. Esta tendrá importantes variaciones según el partido que gobierne.

Cuando Darío Acevedo dice que el papel del Centro Nacional de Memoria Histórica no es producir interpretaciones, sino convertirse en una suerte de archivo para los académicos, no creo que sus intenciones sean tan apolíticas como sus palabras sugieren. La aversión a producir interpretaciones oficiales sobre el pasado es una estrategia del Centro Democrático para lavar la cercanía de sus filas al paramilitarismo.

Pero tras este discurso de ofuscación hay algo cierto: la historia oficial, la memoria según el Estado, tiene muchas complicaciones.

En Colombia no hubo una transición política que permita establecer una narrativa nacional común. Cuando en Sudáfrica se desmanteló la estructura de poder enquistada tras casi 50 años de gobierno del Partido Nacional afrikáner, y se abrieron elecciones democráticas libres en las que podía participar la población negra y el Congreso Nacional Africano, la narrativa común era la del tránsito de la opresión a la libertad.

Cuando en la República Checa cayó el régimen apoyado por la Unión Soviética, y Vaclav Havel se posesionó como el primer presidente de un país que superaba casi 40 años de dictadura comunista, la narrativa nacional era fácil de identificar: el país pasaba de la opresión a la libertad.

¿Cuál sería la narrativa común de un Museo de la Memoria en Colombia? El conflicto armado no se ha superado, sino que entra a una nueva etapa. No hay consenso nacional con respecto a si el Acuerdo de Paz de La Habana fue adecuado o no. De hecho, por los motivos que sean, fue rechazado en su refrendación popular.

¿Qué han sido las Farc: una guerrilla revolucionaria o un cartel del narcotráfico? ¿Aún existen o se acabaron? ¿Y fenómenos como el paramilitarismo y los falsos positivos fueron, o no, una política de Estado? ¿El Acuerdo de Paz de La Habana hace obsoletas las pretensiones políticas del conflicto armado, o al menos representa el comienzo de una nueva etapa para Colombia? ¿Fueron la ganadería y la palma africana modelos empresariales que se apoyaron en el paramilitarismo?

El estamento político colombiano, por no hablar ya de la sociedad, está dividido con respecto a las respuestas a estas preguntas. En los museos de memoria ligados a procesos de justicia transicional no hay estas incertidumbres. La premisa narrativa es precisamente aclararlas: mostrar dónde está la justicia y dónde la injusticia. Incluso suelen ser relativamente maniqueos. Hay héroes y villanos.

En Colombia la línea entre el héroe y el villano no está nada clara. El héroe de unos es el villano de los otros, y a un museo de la memoria le cuesta trabajo proceder con esta premisa, en especial si es un proyecto estatal.

¿Qué hacer?

La única solución, que no se va a aplicar, es hacer un museo de la memoria sin una narrativa común. Un museo donde se expongan las múltiples contenciones que aquejan a la memoria histórica de Colombia. Un museo de contradicciones e historias enfrentadas, que no tenga una narrativa en común ni un final feliz. Es un camino más difícil, pero en última instancia mucho más interesante, si bien no igual de inspirador, que los ejemplos de República Checa y Sudáfrica.

La otra solución es aplazar indefinidamente la inauguración del museo. Parece que esta es la que el Gobierno actual prefiere.

Twitter: @santiagovillach

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