Por: Arlene B. Tickner

El problema norcoreano en pocas palabras

Entre 2003, año en que Pyongyang se retiró del Tratado de No Proliferación Nuclear, y hoy, el problema norcoreano ha dejado de ser una cuestión (no tan simple) de control del desarrollo atómico de este país para convertirse en una amenaza para vecinos cercanos y Estados Unidos, así como un infortunio peligroso para China y Rusia. En ese tiempo se han realizado alrededor de 20 pruebas nucleares y de misiles, las cuales han creado la capacidad de ataque nuclear a Corea del Sur y Japón y acercado el régimen a su meta de construir un misil balístico intercontinental (ICBM) que llegue hasta territorio estadounidense, con miras a disuadir a Washington de agredirlo o de imponer un cambio de régimen al estilo de Irak o Libia.

Si bien se han realizado conversaciones a seis bandas (entre los actores nombrados) y la ONU ha aplicado sanciones, han sido insuficientes para forzar un constreñimiento o congelación del programa nuclear a cambio de concesiones económicas y diplomáticas, y mucho menos la desnuclearización total. De no frenarse este proceso, en el que el líder Kim Jong-un invierte alrededor del 25 % del PIB como “póliza de seguro” contra cualquier agresión estadounidense, se estima que para 2025, el Estado norcoreano tendrá hasta 100 ojivas nucleares y la tecnología necesaria para montarlas y lanzarlas desde misiles de largo alcance.

Por más que los medios planteen una imagen caricaturesca de Corea del Norte como atrasada, incompetente y excéntrica, la agresividad con la que viene actuando Pyongyang, en especial desde la posesión de Kim en 2011, es consistente y calculada, y refleja una estrategia orientada a un objetivo específico: mantener en el poder a un régimen aislado e ilegítimo. Aunque suene irracional, el mantra de Songun (primero lo militar) no solo ha alimentado un estado de guerra permanente que justifica la pobreza y la represión como sacrificios necesarios de los norcoreanos para mantener la defensa del país contra posibles adversarios, sino que ha llevado a una creciente beligerancia frente a estos que refleja una disposición real de ir a la guerra —a sabiendas incluso de que ella sería un suicidio— como única forma de sobrevivencia.

De allí que ha sido entre difícil e imposible diseñar una política internacional efectiva para enfrentar los tanteos de Kim Jong-un. ¿Cómo manejar un líder que estima menos costoso el peligro de la guerra que el de una invasión extranjera y el colapso del régimen, y que por ello no tiene intención alguna de abandonar su armamento nuclear? Mientras que la “paciencia estratégica” empleada por Barack Obama no dio resultado, el rifirrafe iniciado por el gobierno Trump ha sido peor al aumentar la incertidumbre geopolítica en la península coreana y en Asia. La decisión de China de suspender sus importaciones de carbón norcoreano tampoco ha surtido efecto, aunque cabe anotar que Pekín no apoya el cambio político allí, ya que a ojos suyos generaría un escenario político aún más inseguro. La única propuesta sensata —reanudar el diálogo, hecha por el nuevo presidente de Corea del Sur— sigue siendo esquiva.

Profesora U. del Rosario

 

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