El profe Abel

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La educación es central en una democracia no solo porque es deber del Estado democrático garantizarla a todas las personas, sino además porque sin educación de calidad accesible a todos y todas es difícil que florezcan las virtudes ciudadanas que son necesarias para tener una democracia robusta y deliberante. Abel Rodríguez, quien nos fue arrebatado tempranamente por esta terrible pandemia, tenía eso claro y por ello luchó toda su vida por la materialización del derecho a la educación en Colombia.

Como secretario de Educación de Bogotá logró la gratuidad en la educación primaria, que era un mandato constitucional incumplido y fue un ejemplo seguido después por otras ciudades. Pero tenía claro que no bastaba el acceso gratuito a la educación. Era necesario también garantizar los derechos en la educación, pues esta debe ser de calidad y garantizar la dignidad y libertad de los estudiantes. Las condiciones materiales para la docencia tenían que ser idóneas y por ello aseguró igualmente que los niños y las niñas contaran con alimentación adecuada en las instituciones escolares, porque es prácticamente imposible aprender con hambre. Y defendió igualmente que las instalaciones educativas públicas fueran dignas, por lo cual emprendió un programa ambicioso de construcción y mejoramiento de la infraestructura de los colegios públicos distritales.

La garantía de los derechos en la educación implicaba también una lucha por la dignificación de la profesión docente, que fue una de las tareas en que se comprometió como líder sindical, llegando a ser presidente de Fecode y participando decisivamente en logros trascendentales, como la aprobación del Estatuto Docente o la puesta en marcha del llamado Movimiento Pedagógico Nacional, que permitió una importante proyección cultural y social del magisterio.

Debido a ese liderazgo, el profe Abel, como lo llamaba todo el mundo, tuvo además una participación decisiva en el desarrollo de los dos marcos normativos más importantes de la educación colombiana: la Constitución de 1991, que consagró la educación como derecho fundamental, y la Ley 115 o Ley General de Educación.

Ese compromiso con la educación lo mantuvo Abel toda su vida, desde muy joven y hasta su muerte, como lo muestra un bello video que circula en redes y en el que, en plena pandemia, invita a todos los docentes a mantener “su misión social, ética y pedagógica”. En sus palabras, en tiempos “en que el temor y la desesperanza cunden”, es aún más indispensable que los maestros estén al lado de los estudiantes “orientándolos, escuchándolos y enseñándoles cosas y valores”.

Tuve la oportunidad de conocer al profe Abel, pues soy colega y amigo de uno de sus hijos, el profe Andrés, quien es uno de los docentes más queridos y respetados de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional. Una vez Andrés me pidió que le ayudara a su padre cuando era secretario de Educación con una discusión jurídica sobre unos terrenos en donde iban a ser construidos algunos de los nuevos colegios públicos en Bogotá. Cuando los abogados nos enredábamos en argumentos jurídicos, Abel nos aterrizaba con una bella expresión: “Está muy bien que discutan, pero no se olviden de mis niños y niñas, que necesitan instalaciones tan buenas como las de los colegios privados. Eso es lo importante”.

Esas palabras de Abel muestran sus profundas cualidades humanas y su compromiso con la educación y la democracia. Por eso hará tanta falta.

* Investigador de Dejusticia y profesor de la Universidad Nacional.

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