Por: Salomón Kalmanovitz

El programa ideal

Después de sintetizar los programas de algunos de los candidatos presidenciales, cabe preguntarse cuál sería el ideal en la opinión de este columnista. Creo que una condición necesaria, mas no suficiente, para progresar es recuperar los equilibrios macroeconómicos perdidos durante la gran bonanza que disfrutamos durante casi 15 años. En vez de ahorrar e invertir en bienes públicos, los gobiernos de turno redujeron impuestos y nos endeudaron hasta la médula (a $403 billones o 55 % del PIB llega la deuda pública hoy). Gastaron rapazmente sin prever para el futuro. Hoy ostentamos los llamados déficits gemelos —fiscal y externo—, que debemos enfrentar con una reforma tributaria progresiva que recaude mínimo 3 % del PIB y ajustar un gasto público centrado en lo estrictamente necesario.

Ese descuadre también agravó la desindustrialización y el estancamiento agropecuario, aunque en este hubo también causas estructurales. El estar recibiendo ingresos externos a raudales, aumentados por el endeudamiento externo, revaluaron la tasa de cambio, abaratando las importaciones que desplazaron la producción interna de manufacturas, alimentos y materias primas y frenaron sus exportaciones. Cuando se desplomaron los precios del petróleo, la devaluación también fue monumental, pero insuficiente para reparar los daños al aparato productivo por tantos años de bonanzas externas (tuvimos otro auge entre 1993 y 1998) mal manejadas. Hoy se requiere una política explícita de reindustrialización y desarrollo agropecuario que provea de bienes públicos, talento humano, ciencia y tecnología, energía abundante y barata, facilidad para hacer negocios y reducción de trámites.

El campo en particular requiere de un catastro moderno que aclare los derechos de propiedad que fueron tan vulnerados durante el conflicto interno y profundice el mercado de tierras y de arriendos. Se deben devolver las tierras usurpadas a cientos de miles de familias campesinas. Se debe reformar el régimen de impuesto predial para garantizar el financiamiento del desarrollo municipal, penalizando las tierras ociosas y favoreciendo el uso eficiente de la tierra y del agua.

El Estado no podrá ofrecer bienes públicos suficientes mientras la política clientelista intercambie las burocracias y los contratos por el financiamiento de las campañas. El clientelismo ha impedido a lo largo de la historia reciente que disfrutemos las carreteras por las que hemos pagado varias veces; ha permitido que se roben los recursos de la salud y los destinados al bienestar de los niños y que casi todos los ministerios e institutos se entreguen a personal incompetente, cuando no corrupto. Creo que este es el nudo gordiano que paraliza las fuerzas productivas de la nación.

Me parece un error pensar que el “modelo” primario exportador es el culpable de todos los males del país. Estados Unidos, Australia o Noruega, más cerca Perú y Chile, aprovecharon muy bien sus recursos naturales para progresar, pero contaban con instituciones políticas más sanas (burocracias reclutadas por mérito y bien pagas, entre otras) que canalizaron sus excedentes hacia la educación, la ciencia y la tecnología, que los hicieron competitivos en todas las ramas de la producción.

Me parece que los más cercanos a este ideal son los verdes y Humberto de la Calle. Ojalá se puedan unir para que tracen una ruta de progreso económico y civilización política.

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