Por: Jorge Iván Cuervo R.

El prohibicionismo militante

ANTE LA FALTA DE UNA POLÍTICA coherente en materia de infancia y juventud en Bogotá, ésta la dictan las concepciones morales —moralistas— de algunos concejales. El caso más destacado es el de la concejala liberal Gilma Jiménez. Cada vez que la escucho o veo, está proponiendo algo para prohibir.

Desde hace un tiempo anda en una auténtica cruzada moral prohibicionista, un tema de amplios réditos políticos  —qué duda cabe— que elude el debate sobre si la mejor estrategia de educación debe ser la de prohibir todas las conductas que pongan en riesgo la integridad física y moral de niños y adolescentes.

Hoy los niños se encuentran ante un auténtico cerco autoritario, todo, como solemos decir los adultos, por su bien. Por un lado, nuestros legisladores consideran que prohibiendo comportamientos y subiendo penas, nuestros niños se harán mejores ciudadanos, autónomos y responsables. La ley de infancia y adolescencia es un buen ejemplo de esa perversa tendencia. De otra parte, en los colegios está regresando un discurso autoritario, paradójicamente impulsado por las asociaciones de padres de familia que presionan para que los centros educativos no sean tan liberales ni condescendientes con los pelaos.

Ahora viene la prohibición de distribución de bebidas energizantes a menores de catorce años, y la de consumo de licor cerca de las universidades, como si con eso se resolviera el problema. Desde siempre los niños y niñas han estado expuestos a grandes riesgos, y de entrada no me gusta que se piense que los niños y niñas son tontos, minusválidos mentales que no pueden discernir sobre lo que es bueno o malo para su salud mental y física, sin olvidar que toda prohibición entraña una curiosidad, un tabú que hay que romper, porque si los adultos lo prohíben, algo bueno debe tener.

Ya la Corte Constitucional había declarado inconstitucional un acuerdo promovido por ella, los polémicos muros de la infamia, donde se ordenaba la difusión pública de la foto de quienes habían sido condenados por abuso sexual a menores. La Corte señaló que la medida no sólo violaba principios constitucionales, sino que podía ser contraproducente para el propio menor abusado, quien quedaba expuesto a una imagen de ingrata y dolorosa recordación. Generalmente sin estudios sólidos que demuestren los arrebatos moralistas de los concejales, se va construyendo en Bogotá una cultura de la prohibición, una auténtica sociedad disciplinar. Yo no sé si la concejala Jiménez haya leído El miedo a la libertad, de Erich From; si ya lo hizo, no sobra una repasadita.

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Coletilla.- Ante la creciente sensación de desgobierno que empieza a percibirse en Bogotá, llama la atención la parcelación del espacio público que viene dándose por parte del Instituto para la Economía Social y de su directora Inés Elvira Roldán. Ella es cuota política de Carlos Romero, quien construye su mercado político con los vendedores informales premiados con estas ferias “artesanales”, inicialmente temporales, pero con vocación de permanencia, como las que se ven en la 19 con 3ª, en la 92 con 15, en el 7 de Agosto, en la plazoleta del Rosario, en el Parque Santander. Esa repartición del espacio público no suscita ninguna reacción de la Secretaria de Gobierno. No quisiera ser mal pensado.

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