Elecciones 2018: Colombia elige presidente

hace 13 horas
Por: Mauricio García Villegas

El pueblo agradecido con Uribe

HOY, ÚLTIMO DÍA DE LABORES DEL presidente Uribe, el gobernante más popular de las últimas décadas, me viene a la memoria la siguiente frase de Plutarco:

“La ingratitud hacia los grandes hombres es la marca de los pueblos fuertes”. Es muy posible que esta sentencia demoledora del escritor griego tenga excepciones, pero en el caso de Uribe me parece cierta: la enorme expresión de gratitud que hoy recibe el mandatario saliente no es una prueba de su grandeza, ni mucho menos de la fortaleza de su pueblo.

Decir que Uribe fue un gobernante malo es sin duda una exageración, pero es sobretodo una simplificación. El juicio que se les hace a los presidentes comprende al menos dos aspectos: en primer lugar su capacidad como dirigentes políticos y, en segundo lugar, su capacidad como estadistas. Lo primero se refiere al talento para movilizar a la población y para unir a la gente en torno a grandes ideales; lo segundo, habla de la obra de gobierno y de la aptitud para llevar a cabo cambios sociales perdurables.

Los grandes hombres de que habla Plutarco son buenos en ambas cosas: líderes indiscutibles y al mismo tiempo grandes jefes de Estado. Charles de Gaulle, en Francia, Konrad Adenauer, en Alemania, o Felipe González, en España, fueron grandes líderes políticos y también grandes estadistas. En Colombia han sido escasos los presidentes que han acumulado ambas capacidades. Quizás Alfonso López Pumarejo y tal vez Alberto Lleras Camargo lo fueron. También han sido pocos los presidentes malos en ambas cosas; Guillermo León Valencia puede ser uno de ellos. De lo que sí ha habido mucho es gobernantes con uno solo de esos talentos. Virgilio Barco era un mal político pero fue un buen estadista.

Líderes talentosos que son malos estadistas también los hay. Julio César Turbay pudo ser uno de ellos; pero el más representativo de todos me parece que es Uribe, quizás el caudillo más importante del último siglo. Pero la importancia de su legado político es, a mi juicio, inversamente proporcional a la de su obra de gobierno: durante estos ocho años se debilitaron los partidos, se fortaleció el clientelismo, crecieron los odios entre los colombianos, se destruyeron los equilibrios institucionales, se atentó contra la independencia de la justicia, se afectó la secularización del Estado, políticos mediocres reemplazaron a los expertos, se incrementó el fenómeno de la parapolítica, aumentaron los falsos positivos, no se detuvo el desplazamiento forzado, se consolidó el latifundio, terminamos aislados en el continente, la salud quedó en bancarrota, la infraestructura vial siguió pésima y como si todo esto fuera poco, los ricos se hicieron más ricos y los pobres más pobres (para no hablar de los mediocres resultados de casi toda la política social).

Es cierto que hubo un avance extraordinario en seguridad, en el fortalecimiento del Ejército y en la lucha contra las guerrillas. Pero mi impresión es que cualquier presidente que hubiese gobernado después del Caguán habría conseguido buena parte —quizá no todos— de estos logros y sin el desgaste institucional que hoy tenemos.

Uno entiende que un presidente que carece de liderazgo político termine con una obra de gobierno mediocre. Lo que es imperdonable es lo contrario: tener todo el poder político y no utilizarlo para mejorar el Estado y para lograr progresos sociales.

Viendo salir hoy a Uribe de la Casa de Nariño pienso que Plutarco tenía razón: la grandeza de los gobernantes no se mide por la gratitud de su pueblo.

* Profesor de la Universidad Nacional de Colombia e investigador de DeJuSticia

Buscar columnista

Últimas Columnas de Mauricio García Villegas