El puente Córdoba

En la radio oí que en el puente Córdoba, “encontrado” en la carrera décima con calle 6, había sido el refugio de Simón Bolívar en la madrugada del 25 de septiembre de 1828. No sé si será cierto.

Lo que sé es que eran los tiempos en que los presidentes preferían escapar y no “perpetuarse en el poder”. Con todo lo que se pueda decir, Bolívar viajando por el río Magdalena rechazó todas las propuestas que le hicieron Urdaneta y compañía, de retomar el mando y “coronarse” a perpetuidad. Ese posible cuento se le escapó a García Márquez: Monólogo del libertador escondiéndose en el puente Córdoba. Ya no sería el delirio del Chimborazo ni el general en su laberinto. Bolívar solo, casi desnudo, con una tos que anunciaba su pronto deceso, aferrado a una espada como única protección frente a sus antiguos amigos. Y mientras tanto, Santander, tratando de dormir en vano. Sabiendo que a esa hora su viejo amigo podría estar muerto. (Cuenta la leyenda que unos días después, en su quinta, Manuelita fusiló a un muñeco llamado Santander). Y ahora el puente ha reaparecido. Algunos vecinos se quejaban por el retraso de las obras de Transmilenio en ese punto, invocando la necesidad de hacer “avanzar el progreso”, mientras que otros pedían que se rescatara y restaurara el viejo puente. Toda esa historia me recordó a Víctor Hugo y su casa, salvada por él en un célebre debate de sus tiempos de senador en la década de 1870. El “progreso” imponía demoler toda una manzana incluyendo su casa (hoy museo en la Place des Vosges en París), pero las palabras del poeta lograron conmover los corazones de los legisladores. Allí en esa casita Hugo había escrito Los miserables. ¿Será que la sombra del Libertador será suficiente para convencer a propios y extraños de la necesidad de proteger nuestro patrimonio (no sólo el material)?

Antonio Blanco. Bogotá.

Al servicio de Carranza

Inaudito que el Estado entero, ante el atentado del que fue objeto Víctor Carranza, se muestre solidario y presto a reaccionar. Nadie espera que tolere la violencia entre sus ciudadanos, cualquiera sea la víctima, pero ver cómo más de un funcionario público se muestra prácticamente indignado con la situación no puede más que preocupar. ¿No es acaso Víctor Carranza un personaje oscuro cuyo prontuario de delitos y acciones ilegales forma parte de la historia reciente del país? ¿No es acaso el negocio de las esmeraldas uno en el que el Estado simplemente optó por no intervenir? Dicho de otra manera, ¿quién lo protege? ¿Hasta dónde llegan sus tentáculos?

Raúl López Rodríguez. Fusagasugá.

Envíe sus cartas a [email protected]

Buscar columnista