Por: Juan David Ochoa

El punto del fósforo

Kim Jong-un, el rocket man tildado así por otra figura mundial no precisamente moderada, ha prendido, una vez más, las alarmas en un mundo siempre al borde o en el punto exacto del fósforo. Contra las predicciones y los estudios políticos, contra las estadísticas y los tratados de historia y la misma crudeza de la lógica, el tiempo ha hecho de la humanidad su versión más fiel a la misma ambigüedad que no respeta  raciocinios, razón acostumbrada a la norma y al axioma de mármol y al delirio de un progreso lineal.

El caso de Corea del Norte no es insustancial ni tan frívolo como lo categorizan los analistas amañados a la tradición de la geopolítica contemporánea, y a ese pacto silente de equilibrio de fuerzas con el que se define y se sostiene el pacifismo entre las naciones después de la Declaración de los Derechos Humanos, tan nueva y tan frágil, firmada más por miedo que por convicción, y acatada más por intimidación que por humanismo. Y no es insustancial por una razón poderosa y anómala: no pertenece al orden establecido ni a la tradición diplomática contemporánea, y no actúa acorde al discurso homogéneo con el que se sostiene el mismo pacifismo hipócrita del mundo, lo que la hace impredecible aunque el análisis hegemónico diga que la retórica belicista es vacua, y que persigue exclusivamente una negociación con la amenaza constante, y que ninguno de los bandos se atreverá a atacar previendo una aniquilación mutua. Y aunque Corea del Norte evidentemente juega a un equilibrio de fuerzas y a un posicionamiento con su bomba H, bomba que creían inexistente e imposible los analistas tradicionales, lo cierto es que Kim Jong-un nació en un marco ideológico difícil de regular: una dinastía forjada con el orgullo y la sed progresiva de venganza después de la destrucción causada por los bombarderos de los Estados Unidos en el 51, tiempo en el que se han sostenido hasta hoy por la misma posición heroica del victimismo, de la permanencia y de la promesa futurista de la justicia histórica.

Pero el trasfondo en el maremágnum de la especulación sobre esta escalada que ha existido desde siempre desde su antecesor, el parco y lunático Kim Jong-il, y desde su padre, la todopoderosa leyenda en el mausoleo de las estatuas intocables, Kim Il-sung, no es precisamente la retórica ni el ladrido de una amenaza impráctica, sino un hecho absurdo, que es la esencia misma de toda las guerras justamente por la ausencia absoluta de comprensión y de lógica: el sobrepaso fronterizo de las tropas del norte al sur que conllevó al desmadre en plena Guerra Fría, que era entendida por los analistas tradicionales como una guerra de intimidación mutua sin posibilidad de hechos por el concepto nebuloso y excesivamente optimista de la intimidación mutua y del equilibrio de las fuerzas. Es un círculo vicioso que la historia repite y repite sobre todas las teorías estatutarias, burladas cíclicamente en el tiempo por “perros locos” que destrozan de cuando en cuando la presunción ingenua de la estabilidad.

No hace falta enumerar las veces que la humanidad cayó en las trampas de su retórica y se inmoló por millones bajo hogueras o cámaras de gas o bombarderos por traspasar la pequeña franja de las palabras. El punto del fósforo siempre está allí, entre la fricción y los soplos de la razón y la insania, entre el lenguaje y la pólvora y la fatalidad. Mientras tanto, al otro lado del mar, un hombre sin experiencia política y sin mucho contexto histórico juega a los dados con el tiempo, y la Historia, ese pastel envenenado de lo real, vuelve a sonreír con morbo.

 

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