El puritanismo es ahora progresismo, o la nueva evangelización del mundo

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Para empezar, un mal chiste.

Es de noche y un borracho busca a cuatro patas las llaves de su carro debajo de un poste. Un amigo se le acerca y le pregunta: “¿Está seguro de que se le cayeron por aquí?”. Y el borracho levanta el rostro descompuesto y le sonríe: “No, pero es que aquí hay luz”.

Me da la impresión de que esta broma explica bastante bien algunas expresiones del comportamiento social en el mundo contemporáneo. Cuando ocurre algún acontecimiento trágico que pone en primera plana los funcionamientos viciados de la sociedad, a los miles de activistas que de pronto salen de la nada les importa mucho más ir allí donde hay luz que donde está el problema. Por eso se lincha en Twitter a personajes famosos (J. K. Rowling, Woody Allen), acusándolos de todo tipo de vicios (transfobia, pederastia): porque ahí hay luz y la queja se convierte en una bola de excremento imparable que hace sentir a unos cuantos muy buenos y muy nobles mientras les atormentan la vida a otros. Por eso se señalan los congresos literarios (Bienal Vargas Llosa) o las películas clásicas (Lo que el viento se llevó) y se les acusa de ser machistas o racistas: porque ahí hay luz y cualquier iracundo obtiene sus 15 minutos de protagonismo pidiendo reprobación, censuras, aclaraciones críticas, que harán del mundo un lugar con menos creaciones artísticas pero mucho más puro moralmente. Por eso un policía asesina a un ciudadano negro en Minneapolis (George Floyd) y se intenta derribar una estatua de Colón en Barcelona: porque ahí hay luz y no tardan en llegar las cámaras y en abrir una insulsa polémica sobre el colonialismo siglos después de que el arma homicida dejara de echar humo.

No es un buen síntoma que la realidad empiece a parecerse a un mal chiste.

Pero es lo que hay. Se extiende un nuevo puritanismo moral que no acepta la ambigüedad, los matices y los contextos históricos, y que le exige a toda la humanidad, en todo momento de la historia, que sostenga unos parámetros morales exactamente iguales a los que se cocinan hoy en los departamentos de humanidades de las universidades estadounidenses. Porque es de ahí de donde viene toda esta hipersensibilización y esa euforia performática y acrítica: del nuevo puritanismo de izquierda que empezó buscando prejuicios en las novelas del canon literario y acabó por convertir la actividad académica en una caza de brujas dirigida contra todo lo que no devolviera una imagen edulcorada de las identidades minoritarias. Ante el conflicto o el desafío moral, la reprobación; lo que me ofende o perturba, que desaparezca. Cancel culture es el nombre que recibe esta nueva forma de censura.

Thomas Mann decía que si alguna vez llegaba el fascismo a Estados Unidos, lo haría en nombre de la libertad. Viendo a Trump, es evidente que su diagnóstico iba bien encaminado. Lo curioso es que también habría podido decir que si la moral puritana yanqui llegaba al resto del mundo, lo haría en nombre del progresismo. Los social justice warriors (así se llaman estos nuevos evangelistas) se han encargado de ello, emergiendo en todas partes para descontaminar el mundo de cualquier obra o símbolo que no cumpla con sus estándares morales. Siempre, claro, atacando los males no donde se engendran, sino donde hay luz.

Y esto, aunque malo, no es ningún chiste.

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