Por: Nicolás Rodríguez

El que debe y nada teme

Con insistencia vuelven analistas y protagonistas de la vida política, del conflicto (y con más veras aún del posconflicto) al dicho radical y de reminiscencias talibanes que supone que el que nada debe, nada teme.

Las posibilidades que abre la Jurisdicción Especial para la Paz han llevado a que el viejo adagio se termine de popularizar como moneda corriente del debate político.

Es la vara que mide la justicia. Si usted nada debe, si está a paz y salvo por todo y con todos, no tiene miedo. Nada teme.

A Uribe, que se opone a la Jurisdicción Especial para la Paz, ya lo tildan algunos excombatientes de la guerrilla de miedoso. Algo debe si tanto teme.

La equivalencia entre una cosa y la otra es pegajosa. En condiciones religiosas totales, con una justicia más divina que terrenal, quizás habría espacio para el refrán que tanto se invoca. Algún dios todopoderoso se acordará de lo que debemos y vendrá a cobrarnos. Por tanto, tememos.

Incluso en la justicia ordinaria, de ser completa y universal, habría espacios para pensar que el ciudadano cualquiera que no tiene miedo es porque está libre de culpas. El Estado y su aparato judicial saben que nada debe. Otra cosa ocurre, sin embargo, con la justicia transicional. Que ni es divina ni es ordinaria. Por definición la jurisdicción para la paz es especial.

En esta, que es la justicia en la que mejor les va a las víctimas, no todos los que entran al cuarto de los que deben quedan inscritos en el de los que temen, como reza el slogan. Y quizás está bien que así sea. Acá no hay venganzas. Hay verdades que se construyen. Aunque se la usa actualmente como excusa para cualquier batalla política, la Justicia Especial para la Paz tiene un norte completamente diferente, sin castigos y de reconciliación.

 

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