Por: Cecilia Orozco Tascón

El rancho ardiendo y ellos, de paseo

La casa judicial incendiándose y las altas cortes no se inmutan.

Un comunicadito aquí y otro allá para zafarse, en dos párrafos, de las inquietudes de la ciudadanía ante las pruebas de corrupción de uno de los suyos, dizque máximo juez disciplinario de la rama. Salieron del lío con dos frases de cajón: “manifestamos nuestra preocupación”… “exhortamos a las autoridades competentes a que realicen con celeridad las investigaciones” ¡Cuánta originalidad, cuánto valor! Después, indiferencia. Ni una autocrítica; ninguna propuesta, al menos para guardar las apariencias. Nada. Por el contrario: el Consejo de la Judicatura se reúne, prepotente, con sus dos salas para defenderse de los “ataques” y de la posible reforma que podría afectarlo. Pero, miento, sí reaccionaron: siguieron con su vida muelle, la que les proporciona su majestuosa toga, sus salarios de cúpula, la opulencia de sus viáticos y las invitaciones que les hacen para viajar por el mundo.

Como la que aceptaron, apenas conociéndose las grabaciones entre el fallador Villarraga y el coronel interesado en el sentido de su decisión, los ocho miembros que hoy conforman la Sala Penal de la Corte Suprema. El pleno de esa sección levantó vuelo y se fue a gozar del regalo de una semana a todo dar, que les ofreció el Departamento de Justicia de Estados Unidos, es decir el organismo que está pendiente de que Colombia le conceda con prontitud, su solicitud de extraditar a siete nacionales presuntamente involucrados en el atraco y homicidio de un agente de la DEA en Bogotá. Tal vez por azar, esa solicitud deberá ser destrabada por los invitados de Washington. Dirán que es pura coincidencia porque el viaje estaba programado con antelación. No hay disculpa. Con grabaciones o sin ellas, lo menos que uno esperaría de los que ocupan la emblemática posición, es que antes de recibir atenciones de terceros le rindan honor al decoro y a la prudencia, si no a la dignidad del país, en consideración a que están a punto de resolver si los colombianos señalados por los oficiales de inteligencia extranjeros merecen o no ser entregados para que los castigue otro Estado por los delitos que habrían cometido aquí.

Hay, desde luego, diferencias entre lo que hacían Villarraga y su interlocutor cuando cuadraban el fallo, y la confraternidad que une a los magistrados de la Sala Penal con su anfitrión. Sin embargo, no deja de causar cierto escozor que los parámetros éticos de los jueces de la Suprema tengan, también, la característica de la elasticidad. Al fin de cuentas quien les pagó sus gastos en Norteamérica también quiere satisfacer sus deseos con los conceptos de sus huéspedes.

Nunca, que recuerde, la justicia colombiana le ha dicho no a la estadounidense cuando esta ha pedido en extradición a un nativo, ni siquiera cuando es evidente que no existe motivo. Tan ligeras han sido las autorizaciones para ceder la autonomía patria que, para nuestra vergüenza, nos han devuelto a unos cuantos nacionales por encontrarlos inocentes. Faltaba que le tuviéramos que añadir la voluntad doblegada de la Sala Penal, por una donación. Termino: uno de los implicados que inevitablemente irá a pagar cárcel en suelo extranjero, alega que el testigo estrella de la DEA, un delincuente con varias condenas encima, le hizo el montaje de una foto para ganar indultos de los gringos ¿Este pobre, culpable o inocente, lo mismo da, tendrá la remota posibilidad de que un magistrado de la Penal le dedique un minuto de su tiempo a su caso? No. Estará ocupado mirando las fotografías de su foro-paseo antes de tomar otro vuelo a Puerto Rico, a donde irá, de nuevo, con sus 7 colegas para asistir a otro seminario. Entre paréntesis.- Ruth Marina Díaz está feliz. Legitimó su crucero con los viajes de sus compañeros.

 

 

 

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