El raro paro del 21*

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En Ecuador, las protestas duraron 11 días, se debieron al aumento del precio de la gasolina, hicieron retroceder al presidente y acabaron con la promesa imposible de un ajuste económico a las buenas.

En Chile, las protestas intensas duraron 12 días, se debieron a la rabia acumulada contra el modelo económico que estalló por la torpeza del gobierno cuando cerró el metro de Santiago y han llevado a la promesa de reformar la Constitución —lo cual no arregla el problema, que es la desigualdad—.

En Bolivia, las protestas duraron 20 días, se debieron a la reelección fraudulenta de Morales y acabaron en un gobierno de derecha que los indígenas se niegan a aceptar.

En Venezuela, las protestas duraron o han durado varios años y exigen la salida del chavismo, pero la gente se cansó de protestar y nadie ve salida ni futuro.

En Hong Kong van seis meses de protestas contra el dominio de facto de Pekín, y el problema no tiene solución. Las del Líbano tumbaron al gobierno corrupto y agravaron la quiebra del país. Las de Francia llevan más de un año, son fruto de la bronca difusa contra todo y tienen loco al presidente Macron.

2019 ha sido el año de las protestas callejeras en el mundo, pero esta vez con la tecnología de la web. En Bagdad, en Teherán, en Barcelona, en Lima o en São Paulo, las gentes utilizan las redes sociales y salen a expresar masivamente el descontento, los gobiernos se asustan, hay riesgo de torpeza policial, incidentes de violencia, represión y matanzas en ciertas condiciones, y arreglos más o menos eficaces y sensatos.

El paro de este jueves en Colombia duró un día y fue más bien una marcha multitudinaria que reunió descontentos muy diversos bajo el paraguas de resistir las reformas laboral y pensional, con episodios aislados de violencia y sin respuesta conocida o efectiva del presidente Duque.

Nada, pues, de la conspiración del Foro de São Paulo y de Maduro que dice el uribismo, nada del estallido que querían los extremistas y nos hacían temer los otros extremistas, poca brutalidad policial comparada con otros países, desmanes y saqueos que provienen de la desesperanza juvenil en las barriadas y son una granada a la espera de cualquier provocación.

Nada de liderazgos, nada de interlocutores, ninguna señal de que el presidente o su partido hayan entendido o quieran entender o puedan entender de dónde viene el descontento o que al pobre Duque se le ocurra algo distinto de las exhortaciones babosas a la unidad sin negociar con nadie, la insistencia en que el Gobierno ha hecho lo que no ha hecho y la promesa de que no habrá reformas cuando esas reformas están por venir.

Colombia está despertando del largo sueño-pesadilla que se llamó el conflicto armado, el presidente eterno y el Acuerdo de Paz. Las guerrillas se acabaron hace tiempo y ahora siguen las protestas normales y legítimas en una democracia tan injusta y excluyente como es la que tenemos.

El primer campanazo fue este “paro” que en realidad fue una marcha en el estilo peculiar de Colombia, mezcla de rebelión, descontento, vandalismo, caminata y fiesta ciudadana.

Vendrán otros campanazos. Y tendrá que manejarlos el presidente inepto que elegimos.

* Escrita el viernes a primera hora.

** Director de la revista digital Razón Pública.

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