Por: Daniel Mera Villamizar

El reformismo después de Santos

Presentar al congreso la reforma tributaria es arriesgarse a un tercer fiasco, tras los proyectos fallidos en educación superior y justicia, y no hacerlo es un “hasta aquí llegamos” con la agenda de grandes cambios.

Sin reelección, el presidente podría gastarse estos dos años en reformas indispensables, pero por evitar el deshonor de no ser reelegido, hará lo que crea que le conviene en términos electorales. Así, probablemente ya vimos la mejor parte del reformismo de Santos.

Un balance preliminar de su calidad y alcance debe olvidarse, en principio, del autobombo presidencial. No estamos viviendo la ‘reedición’ de la “Revolución en Marcha” (de López Pumarejo, 1934-1938), y no tendría por qué seguir una “Gran Pausa” (al estilo de Eduardo Santos, 1938-1942). Muchos temen que sobrevenga una “Reacción conservadora” impulsada por Álvaro Uribe, pero es posible que Santos retome el discurso uribista de la seguridad para hacerse elegir otra vez.

Más preocupante puede ser que el Partido Liberal, Cambio Radical y el Partido de la U se queden atrapados en el reformismo de Santos, sin dotar al “centro político” de una agenda consistente de largo plazo para el cambio social. Si la izquierda pudiera lograr mayorías y estuviera preparada para gobernar, no importaría tanto el “reformismo burgués”. Pero es la ‘Unidad Nacional’, con una continuidad de liderazgo entre Santos y Vargas Lleras, la que podría hacer muchos cambios que se necesitan.

Santos avanzó, hasta ahora, en una gobernabilidad basada más en partidos que en congresistas, pero eso está lejos de la reforma que precisa el sistema político para volverlo más competitivo, legítimo y libre de corrupción. Santos mejoró la arquitectura de la rama ejecutiva, pero muy poco la ingeniería. El clientelismo y la “captura del Estado” se dan “por dentro” de las instituciones y la primera medida para protegerlas es introducir el mérito en los altos cargos. Alardea de sus ministros, pero nada más. Y si ahora le anunciara al Congreso que va a imitar el Sistema de Alta Dirección Pública de Chile, no habría “reconciliación”.

Santos avanzó en la equidad, de un modo no siempre compatible con el crecimiento, debido al populismo. Las regalías lo muestran bien. No es solamente el diseño para el reparto del 10 por ciento destinado a ciencia, tecnología e innovación, que debería hacerse de nuevo, sino que el sistema de decisiones de inversión en general se hizo para satisfacer a toda la clase política, a toda.

En viviendas gratis ojalá el ministro haya leído las observaciones de los ‘pendejos’, como los llamó, que se atrevieron a opinar. Con la gratuidad educativa total y obligatoria se debilitaron las finanzas de las instituciones y la corresponsabilidad de los padres de familia. Santos, en últimas, empujó el reformismo, con incoherencias que desprestigian intelectualmente a la tercera vía. Se fue a Necoclí, por ejemplo, pero le sigue pareciendo que no necesita aumentar el recaudo tributario. Sí hay vida programática después de su reformismo.

 

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