Por: Héctor Abad Faciolince

El regalo del maestro

El maestro nació en 1931 en un pueblo de tierra fría, Santa Rosa de Osos, el mismo de Porfirio Barba Jacob.

El pueblo tenía un buen liceo y un buen profesor de pintura; la pasión empezó ahí. Su taller, un quinto piso luminoso, recibe luz desde muchas ventanas, y todas las paredes están llenas de cuadros. Suyos, de sus maestros, de sus alumnos. Buenos, regulares, malos, magníficos, hay de todo. Se lee en la pintura el hilo de una historia, de un modo de pintar. En el caballete, un óleo empezado: retratos ajenos vueltos a pintar con precisión: Cano, Da Vinci, Giotto. Los mismos rostros pintados por antiguos maestros se encuentran en un lienzo. El cuadro a medio hacer habla de una filiación, de un largo rosario de “memes” que, quizá, terminan con él. Pintar así pasó de moda hace más de un siglo, y sin embargo...

Una de sus alumnas nos recibe. Sobre una mesa está la donación (el maestro nos ha citado porque quiere hacerle un regalo a la biblioteca donde trabajo). Pero antes de mirar lo que hay ahí (cartapacios apilados en un orden impecable), se nos ofrece una taza de café recién hecho, galletas en forma de dedos, magdalenas de queso. Incluso la merienda tiene un sabor antiguo. El maestro empieza a hablar de su maestro, Eladio Vélez, y del supuesto antagonista de su maestro, Pedro Nel Gómez. Dos escuelas: el arte por el arte, la belleza y no más, y el arte al servicio de la política y de la denuncia.

Lo que el maestro quiere, precisamente, es hacernos un regalo que logre desmentir la “imbecilidad” (pide perdón por la palabra) de los críticos que los han querido pintar como enemigos. No hay tal, nos dice, y su donación lo demuestra. Hay, sí, una manera distinta de ver el arte, una larga discusión que partió de lo que ambos vieron —en Roma, y en los años 20— en un mismo retrato: el papa Inocencio X, de Velázquez. Pedro Nel, la psicología del personaje; Vélez, las calidades del rojo.

El oficio de bibliotecario (alguien que guarda libros y papeles, documentos y manuscritos, cartas y dibujos, entre otras muchas cosas) tiene a veces momentos de una extraña belleza. Esta vez un maestro ofrece una donación, un regalo. Hay siempre en los regalos un misterio: el que dona algo a una biblioteca se parece a quien ama gratuitamente, sin esperar ser correspondido. Pero dice Dante en el V canto del Infierno: “Amor ch’a nullo amato amar perdona”, es decir, que el amor no consiente no amar a quien nos ama. Y el regalo del maestro no consiente no sentir una gran gratitud.

No se trata tan sólo del valor comercial del regalo, que lo tiene (y muy grande), sino del gesto de la donación. Pero, ¿qué es? Hay cartas familiares: Eladio Vélez escribe al llegar a París en 1925, después de un duro viaje desde Barranquilla, pasando por todos los puertos holandeses de las Antillas, hasta Le Havre. Hay cartas en las que Pedro Nel, desde Florencia, le insiste al amigo para que vaya a Italia si quiere aprender a pintar nuestras montañas. Hay libretas, bocetos, acuarelas, dibujos académicos. Hay libros dedicados, catálogos del Salón de París en el que al fin Vélez (y otros colombianos) pudieron participar. Y hay más. Los documentos importantes llegaron a sus manos por una historia novelesca: alguien sospecha que lo van a matar y prefiere dejar en sus manos el tesoro. Dos meses después, ese alguien es asesinado.

Se me acaba el espacio. Cada boceto, cada libro, cada cartapacio de manuscritos ha sido envuelto por el maestro con una delicadeza y un cuidado japoneses. La Sala Patrimonial de la Biblioteca de Eafit cuidará su donación como el tesoro que es. Debo decir su nombre, claro está. Es curioso; grandes pintores colombianos llevan el mismo apellido: Juan, Santiago, Hernán. El maestro se llama Jorge, Jorge Cárdenas. Y una última palabra lo define: generosidad.

 

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