Por: Eduardo Sarmiento

El regreso al FMI

El país que acude al Fondo queda encasillado en la filosofía y los dogmas de la institución.

Sorpresivamente el Gobierno solicitó la línea de crédito del FMI exenta de condicionamientos por la suma de US$10.000 millones. Como ocurrió con el anterior préstamo, probablemente los recursos no se utilizarán.

Imaginar que el retorno al FMI no implica condicionalidad, no pasa de ser una ingenuidad. Ninguna institución compromete recursos sin requisitos que garanticen su cumplimiento. Por lo demás, los condicionamientos más severos del FMI no se incluyen en los acuerdos de compromisos ni se formalizan. La verdad es que cualquier país que acude al financiamiento del FMI queda encasillado dentro de la filosofía y los dogmas de la institución.

El estado de la economía mundial es deplorable. Las acciones de las autoridades estadounidenses para entregar jugosos rescates y adquirir los activos tóxicos resultaron peor que la enfermedad. Como era perfectamente comprensible dentro de un sistema cambiario que se aproxima más a una modalidad de cambio fijo, la política monetaria resultó ineficaz.

La ampliación de la liquidez para ampliar la burbuja especulativa se hizo a expensas de frenar el crédito para financiar las importaciones. Las balanzas de pagos se cerraron a la fuerza, rememorando las crisis de balanza de pagos de América Latina. Las exportaciones mundiales, que crecieron 8% durante un cuarto de siglo, se desplomaron a -9% en cuatro meses.

En realidad, la economía colombiana enfrenta una caída de la actividad productiva ocasionada por los errores de la política. A la contracción del mercado externo ocasionada por la revaluación le adicionaron la contracción del mercado interno inducida por el alza de la tasa de interés y la austeridad fiscal materializada en un déficit cercano a cero. Como las economías no son como Hansel y Gretel, que dejaban piedritas para devolverse por el mismo camino, los buenos oficios para revertir los errores no funcionaron.

La devaluación en un momento de cierre de los mercados externos resultó inefectiva; no evitó que las exportaciones se desplomaran. La baja de la tasa de interés no contrarrestó los efectos del alza. Una vez en recesión y ante la incertidumbre, se configuró un exceso de ahorro que induce al público a no recibir crédito; la baja de la tasa de interés en 3 puntos porcentuales en lo corrido del año fue seguida de una reducción de los desembolsos en más de 10% con respecto al año anterior.

El Gobierno no ha podido salir de la austeridad fiscal, en parte porque la Ley de Sostenibilidad Fiscal, impulsada por Alberto Carrasquilla, obliga a mantener superávits primarios. El déficit fiscal difícilmente llegará a 2,5% del PIB, que es insuficiente para contrarrestar el monumental desbalance de demanda efectiva.

Lo anterior tiene un reflejo en las cifras industriales y de balanza de pagos divulgadas recientemente. La caída en dominó que venia de 2008 se acentúo en el primer trimestre. La inversión, el consumo y las exportaciones caen más de 10%, revelando que no hay un sector con capacidad de levantar la producción. Por eso, la economía se encuentra e recesión desde hace seis meses y se dirige a una contracción de 2,5% en el año completo.

El agravamiento de la crisis mundial y de la recesión en Colombia resulta de la aplicación de concepciones que las causaron y demostraron ser ajenas a la realidad. Todavía se cree que la crisis es un simple problema de liquidez o de insolvencia bancaria. La verdadera causa de la crisis es en el orden económico internacional, en el cual los elevados ahorros de los países emergentes, en particular de Asia, se envían a Estados Unidos para ser colocados en la especulación, y se fundamenta en una modalidad de cambios flotantes que todo el mundo viola, empezando por EE.UU.

En este contexto, se plantea una acción concertada para devaluar y reducir los consumos y los salarios en Estados Unidos, modificar la modalidad cambiaria y fortalecer los mercados internos de países emergentes. En el caso de Colombia, se requiere una abierta intervención del Estado para ampliar la demanda efectiva y moderar el cuantioso desequilibrio de la balanza de pagos, y el propósito sólo se puede lograr ampliando la producción destinada a la demanda doméstica.

Nada de esto lo resuelve el FMI. Por el contrario, el organismo manifestará reparos a la conformación de un cuantioso déficit fiscal financiado con emisión, insistirá en la represión laboral y condenará sin consideración el cambio de modelo hacia la prioridad del mercado interno. No es casual que los propulsores de la iniciativa sean los mismos que defendieron la revaluación, el alza de la tasa de interés y la austeridad fiscal, y ahora recomiendan el desmonte de los parafiscales y la baja del salario mínimo.

 

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