Por: Columnista invitado

El regreso al tribalismo

Por David Brooks

Imaginen a tres niños corriendo alrededor de un poste, formando una cadena con sus brazos. El primer niño toma el poste con la mano. Mientras más rápido corren, mayor es la fuerza centrífuga que puede romper la cadena. Cuanto más fuerte se agarran, mayor es la fuerza centrípeta que mantiene la cadena unida. En algún momento la fuerza centrífuga excede a la centrípeta y la cadena se rompe.

Eso es básicamente lo que sucede en Estados Unidos. Jonathan Haidt, de la Universidad de Nueva York, así lo argumentó en una conferencia pronunciada en el Instituto Manhattan en noviembre. Enumeró algunas de las razones por las que las fuerzas centrífugas pueden estar excediendo a las centrípetas: la pérdida de los enemigos de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, unos medios cada vez más fragmentados, la radicalización del Partido Republicano, y una nueva forma de política de la identidad, en especial en los campus universitarios.

Haidt planteó el interesante punto de que la política de la identidad per se no es el problema. La política de la identidad solo es una movilización política alrededor de características grupales. El problema es que la política de la identidad se ha deshecho de sus elementos centrípetos y se ha hecho totalmente centrífuga.

Martin Luther King describió la segregación y la injusticia como fuerzas que nos separan. Apeló a principios universales y a nuestra humanidad común como maneras de sanar los prejuicios y unir a su país. Apeló a principios religiosos comunes, el credo de los padres fundadores y una lengua común de amor para eliminar los prejuicios. King “planteó nuestra mayor falla moral como una oportunidad para la redención centrípeta”, observó Haidt.

De una política de la identidad que enfatizaba nuestra humanidad compartida, hemos llegado una política de la identidad que enfatiza tener un enemigo común. Hoy en día, en los campus, los eventos actuales a menudo se pintan como meras luchas de poder: opresores que actúan para conservar sus privilegios sobre los virtuosos oprimidos.

“Sucede algo curioso”, dijo Haidt, “cuando tomas seres humanos jóvenes, cuyas mentes evolucionaron desde las guerras tribales y un pensamiento ellos/nosotros, y llenas esas mentes de dimensiones binarias. Les dices que un lado de cada dicotomía es bueno y el otro es malo. Enciendes sus ancestrales circuitos tribales, preparándolos para la batalla. Para muchos estudiantes es emocionante: los inunda de una sensación de sentido y propósito”.

El problema es que el pensamiento tribal del enemigo común divide a una nación.

Este patrón no se da solo en los campus. Observen la polarización negativa que marca la política estadounidense. Los partidos ya tampoco están unidos por sus credos, sino por sus enemigos.

En 1994, solo el 16 por ciento de los demócratas tenían una opinión “muy desfavorable” del Partido Republicano. Ahora es el 38 por ciento. Entonces, solo el 17 por ciento de los republicanos tenían una opinión “muy desfavorable” de los demócratas. Ahora es el 43 por ciento. Cuando el Pew Research Center les pidió a los demócratas y los republicanos que hablaran unos de los otros, tendieron a usar las mismas palabras: cerrados, deshonestos, inmorales, flojos, poco inteligentes.

Lo que es más, no será fácil regresar a la forma política de la humanidad compartida. King hablaba en un contexto de confianza social alta. Podía recurrir a una metafísica bíblica debatida por más de 3.000 años. Podía hacer referencia a una religión civil estadounidense que había estado refinándose durante 300 años.

Sin embargo, en las dos generaciones pasadas el individualismo excesivo y la mala preparación educativa han corroído ambas fuentes de cohesión.

En 1995, el intelectual francés Pascal Bruckner publicó “La tentación de la inocencia”; ahí arguye que el individualismo excesivo conduce paradójicamente a un tribalismo tipo “parte del grupo/ajeno al grupo”. El individualismo moderno libera a cada una de las personas de la obligación social, pero “guiado solo por la linterna de su propio entendimiento, el individuo pierde toda seguridad respecto de un lugar, un orden, una definición. Habrá podido ganar libertad, pero ha perdido seguridad”.

En sociedades como la nuestra, los individuos son responsables de su propia identidad, felicidad y éxito. “Todos tienen que venderse como una persona para ser aceptados”, escribe Bruckner. Todos nos comparamos constantemente con otros y, por supuesto, nos sentimos inferiores. La mayor ansiedad es moral. Todos tenemos que escribir nuestro propio evangelio, que defina nuestra propia virtud.

La forma más sencilla de hacer eso es contar una historia tribal de opresor/oprimido y construir tu propia inocencia sobre tu estatus de víctima. Casi todo el mundo puede encontrar una historia de victimización personal. Una vez que has identificado al opresor de tu manada —el orden neoliberal, la élite de los medios, los hombres blancos, lo que sea—, tu bondad está segura. Tienes virtud sin obligación. Nada es tu culpa.

“¿Qué es el orden moral hoy en día? No tanto el reino de la gente que piensa correctamente, sino el de la que sufre correctamente, el culto de la desesperanza diaria”, continúa Bruckner. “Sufro, por lo tanto valgo… El sufrimiento es análogo al bautismo, un título que nos introduce al orden de una humanidad más elevada, levantándonos por arriba de nuestros semejantes”.

Haidt y Bruckner son dos escritores muy distintos, con filosofías diferentes. No obstante, ambos apuntan al hecho de que hemos retrocedido, desde un ethos moral sofisticado a uno primitivo. La retorcida escuela de madera de la humanidad dice que la línea entre el bien y el mal corre por cada persona y combatimos la injusticia sobre la base de nuestra humanidad compartida. La moralidad opresor/oprimido dice que la línea corre entre las tribus. Eso hace que te sea fácil sentirte bien respecto de ti mismo, pero hace que sea muy difícil vivir contigo.

(c) The New York Times 2018.

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