Por: María Elvira Samper

El regreso de ‘Trinidad’, imposible por ahora

DE TIEMPO EN TIEMPO Y CON MÁS O menos intensidad, el nombre de Simón Trinidad salta al primer plano y produce tremores en la mesa de La Habana, pero sobre todo reticencias en la opinión y airadas reacciones del expresidente Uribe y del procurador Ordóñez.

El último sacudón lo produjo una respuesta que el comisionado de paz, Sergio Jaramillo, le dio al periodista Tim Franks en el programa Hard Talk de la BBC de Londres. A la pregunta sobre si consideraba necesario que Trinidad participe en la negociación de paz, Jaramillo respondió que desde su punto de vista “definitivamente sí”, pero que lo ve difícil, y además reconoció que el asunto ha sido tratado con diferentes funcionarios de alto nivel en Washington.

Nada nuevo, pues durante su visita a España en marzo pasado, el presidente Santos dijo en una entrevista al diario El País, que cuando se llegue al final del proceso le corresponderá plantearles a las autoridades norteamericanas “una solución a eso”. Y también por esos mismos días, en el Foro por la Paz, uno de los asesores internacionales de la negociación, Shlomo Ben Ami, aseguró que la posible repatriación del guerrillero se había tratado en conversaciones con el vicepresidente Biden.

Condenado a 60 años cárcel por el secuestro de tres contratistas gringos, Trinidad fue designado negociador desde el comienzo del proceso y su incorporación a las conversaciones –punto de honor para las Farc— es difícil pero no imposible. La dificultad no tiene que ver con la autonomía de la justicia y su independencia del Ejecutivo como sostienen algunos, sino con el cuándo y el cómo, es decir, con el momento político propicio tanto de la negociación como del presidente Obama, a quien la Constitución le otorga poder para tomar decisiones en asuntos de relaciones exteriores sin intervención del Congreso, decisiones que, según la Corte Suprema, no son revisables por los tribunales cuando se trate de casos individuales.

Fue la facultad que usó en diciembre del año pasado para liberar a tres cubanos condenados por espionaje –incluso con cadena perpetua—, como paso previo al anuncio de la reanudación de las relaciones con Cuba. Un gesto político, como podría ser el de liberar a Trinidad. Sin embargo, no es éste el momento adecuado tanto por razones domésticas como por el estado actual de las negociaciones con las Farc. En primer lugar, indultar a Trinidad podría pasarle factura de cobro a la candidatura demócrata y por eso no hay posibilidad alguna de que Obama tome una decisión de esa naturaleza antes de las elecciones presidenciales de noviembre. En segundo lugar, las conversaciones de paz no han llegado al estado de madurez que permita pensar que son mínimas las posibilidades de fracaso y mínimo el costo político de repatriar al guerrillero

El proceso no solo está estancado en dos puntos claves –víctimas y justicia transicional—, sino que pasa por la más profunda crisis de confianza y credibilidad como consecuencia, entre otras cosas, del ataque en el Cauca donde murieron 11 soldados. Mientras las Farc no den pasos ciertos y creíbles en el reconocimiento de su cuota de responsabilidad en el conflicto, que no es otra que el reconocimiento de las víctimas, sería contrario a las razones de Estado que el presidente Obama tomara la decisión de liberar a Trinidad, y un exabrupto político que el presidente Santos les hiciera la concesión a las Farc de gestionar el regreso de su compañero de armas. En un escenario así, la posibilidad de que Simón Trinidad se incorpore a las negociaciones es solo eso: una posibilidad.

 

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