Por: Reinaldo Spitaletta

El regreso del divino

En estos días de Santoyos, fritanguerías en Múcura y barahúndas por telenovelas de capos, ha saltado a la palestra política el uribismo. En el representativo Club El Nogal, la crema y nata de la derecha que más bien es de extrema y no de centro, se reunió en aquelarre para advertir en tono mesiánico, como cualquier Mc Arthur criollo, que “volveremos”. Aparecieron los discursos, los aplausos y besamanos y entonces el mundo se llenó de luces porque, según los apologistas y acólitos de ciertos medios, se estaba ante la presencia de un movimiento salvador.

Al señor de Invercolsa las lenguas parlanchinas le gritaban “¡Londoño presidente!” y a su majestad el expresidente todos querían tocarlo como si se tratara de una presencia milagrosa. Dicen los croniqueros que el evento parecía más un concierto de rock (¿o sería de reggaetón) que un acto político. Allí estaban, cómo no, los Zuluagas y los Ramírez y las Consuelos y los Harold, que con los Joseobdulios y los Luiscamilos, eran parte del decorado y la mampostería.

Dicen que todo ese aglutinamiento era para escuchar un nuevo sermón de la montaña; ahí estaba la divinidad tirando línea y recordando sus cuentos de seguridades y de “cruzadas contra el terrorismo”. Ardían el salón del club y su exquisita derecha. Era para los concurrentes el Día D, el retorno del profeta, la llegada del espíritu santo en forma de lenguas de fuego. El expresidente habló de una constituyente para reformar la justicia, aunque dicen que, cuando habla de reformas, recuerda con afecto los días del “articulito” y de cómo se cambiaron votos por notarías.

El caso es que la tropilla uribista aspira a crear un movimiento nuevo (de Puro Centro Democrático, cuyo nombre mueve a risa) para truncarle las ganas de reelección a Santos, y para competir con éste a ver cuál es más dócil frente a los dictados de Washington; cuál ofrece más garantías, por ejemplo, a los que combinan política con paramilitarismo, y si de ir contra las reivindicaciones populares se trata, cuál es más antipopular. Y en este punto sería interesante un breve ejercicio de la memoria.

Hay que recordar, por ejemplo, que los ocho años del divino estuvieron llenos de “buenos muchachos”, como Jorge Noguera, que puso el DAS a disposición de paramilitares, o como el general Santoyo, exjefe de seguridad de Uribe, ahora rindiendo cuentas ante una corte gringa por narcotráfico, alianzas con la denominada Oficina de Envigado y los paramilitares. En el tiempo de las “chuzadas” (espionaje estatal), el generalísimo en cuestión fue acusado de interceptar sin orden judicial más de mil quinientas líneas telefónicas de opositores, líderes comunales y defensores de derechos humanos.

Fueron los días aciagos de los “falsos positivos”, en los que el ministro de Defensa del gobierno uribista, el infante don Juan Manuel, pasó de agache. Y los días eternos en los que a los trabajadores se les conculcaron derechos mediante reformas laborales antiobreras, y la salud sufrió descalabros de espanto, de los que el pueblo salió, como siempre, perjudicado. Fueron los tiempos desvergonzados de privatizaciones, en las que se ferió el patrimonio nacional y se mandó al matadero a gentes como el alcalde de El Roble, Sucre, Eudaldo Díaz, y el profesor Alfredo Correa de Andreis.

Aquellas calendas desventuradas, con el Gran Hermano y su vigilancia ubicua, con una prensa doblegada a los pies del príncipe, con un régimen que despreció –como ha sido normal en la oligarquía colombiana- a los pobres y los empobreció más, son producto de una derecha recalcitrante, parte de la cual aúlla ahora alrededor de su ídolo. Ah, eso sí: tiene la precaución de ocultar todo el catálogo de miserias con las que aporreó a la gente sencilla y de cómo favoreció a los monopolios internacionales y al club de privilegiados que durante años ha manejado el país.

Dicen a modo de guasa en la calle que, más que perfumados representantes de la derecha, el salón albergaba a gente que olía feo y las comparan con ciertos roedores. El circo de la política colombiana, con todo, vuelve a tener bajo su carpa a los mismos actores, que solo despiertan aplausos entre ellos mismos. 

 

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