El reino de la estupidez

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Estamos viviendo en el reino de la estupidez. Y no es que unos pocos estén diciendo y haciendo tonterías, o que una minoría esté incurriendo en idioteces. Eso siempre ha existido. La diferencia es que ahora los ignorantes están trazando el destino de las naciones: definen la agenda política, deciden qué sectores reciben apoyo estatal e imponen su visión caricaturesca del mundo. Hoy son legión y ganan elecciones.

Hace unos años hubo un golpe de Estado a la elocuencia y a la lucidez. Los ignorantes, hartos de su papel de extras en crisis mundiales, se rebelaron para tomarse el poder. Y se lo tomaron. En este nuevo reino, lo que antes se decía en voz baja y con vergüenza hoy se proclama a gritos y con desfachatez, y ya no importa que sea patética la falta de conocimiento, de erudición o de inteligencia. Al contrario: esas cualidades ahora son defectos, y lo que prima es el atrevimiento de la ignorancia, el vozarrón que elogia la simpleza, la multitud gobernada por bajas pasiones y el líder que, en vez de elevar al electorado, lo revuelca en el lodo del prejuicio, del odio y el miedo, espoleándolo con lemas pueriles y enemigos inventados. Así la multitud se desquita de esos sabiondos de porquería.

En el reino de la estupidez el mundo es al revés. Un hombre admirable y generoso como nadie, Bill Gates, es un conspirador, el inventor del coronavirus y un abortista, mientras que los voceros de Fox News son periodistas responsables que dicen la verdad. El peor presidente de la historia de EE. UU. es visto como el mejor, mejor inclusive que Lincoln, y ese mismo mandatario, a pesar de su misoginia, es amado por mujeres ignorantes, y a pesar de su inmoralidad es aplaudido por evangélicos oportunistas, y a pesar de su corrupción es vitoreado por su base y llamado enemigo de la clase política. Tampoco importa que ese presidente, en su mayor acto de estupidez, proponga remedios geniales para combartir el virus, como iluminar a la gente por dentro e inyectarse desinfectante. Los estúpidos le perdonan todo, cada mentira e idiotez, así mate a miles con sus ocurrencias de burro.

En el reino de la estupidez pontifican los negadores del calentamiento global, predican los que rechazan vacunas, se ufanan los que desprecian la ciencia, y defienden en tono patriota que cualquier demente pueda comprar un fusil de asalto. Hasta el racismo es hijo de la estupidez, porque hay que ser muy ignorante para creer que una raza se puede juzgar por el color de la piel, un atributo físico tan irrelevante como la talla del calzado. El idiota actúa sin vergüenza. Hace escándalo de toser en un avión como si tuviera el virus, creyéndose gracioso. El vicepresidente Pence va al hospital sin tapabocas. Bolsonaro insiste en que el virus es una gripa. López Obrador opina que el 90 % de las denuncias de violencia de género son mentira. Y un pastor en Camerún dice que puede acabar con el COVID-19, y lo sigue diciendo hasta morir a causa del virus.

Se alivia la cuarentena y una multitud corre a embutirse en una piscina en Misuri. El presidente gringo juega golf mientras los muertos ascienden a 100.000. En fin, así es este reino y así será hasta que las voces de la cultura callen a los idiotas. Lo malo es que falta mucho, y entretanto miles más van a sufrir y a morir. Por culpa de los estúpidos.

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