Por: Francisco Gutiérrez Sanín

El reino de la necesidad

A propósito del lanzamiento del Puro Centro Democrático, muchos comentaristas y redactores han resaltado la supuesta ambigüedad de Uribe con respecto a sus aspiraciones reeleccionistas.

En algunos de sus artículos, la revista Semana incluso barruntó que la lucha por un tercer período de pronto ni le había pasado por la cabeza, pero se lamentó de que las apariencias no habían sido tan claras como uno lo desearía. Quiero dedicar esta columna a explicar por qué el caudillo antioqueño no sólo quiere presentarse, sino que TIENE que hacerlo. El hombre vive en el reino de la necesidad pero, contrariamente a muchos otros políticos y analistas colombianos, juega de acuerdo a las cartas que le llegan, sin fantasear ni dispersarse.

Uribe tiene que aspirar a la reelección por cinco factores. El primero es lo que llamaría “el factor humildad”, en homenaje a la inolvidable expresión de José Obdulio. La coalición necesita a alguien totalmente seguro y sin riesgo, es decir, sin espinazo, sin vuelo, sin asomo de independencia. Esta clase de gentes suelen ser desastrosas en el terreno electoral. Los uribistas en efecto tienen todavía a algunos humildes disponibles, pero ninguno que tenga algún futuro como candidato a la Presidencia. Uribe es una potencia electoral, pero la experiencia ha demostrado una y otra vez que su caudal no es transferible. Ni siquiera figuras nacionales como Peñalosa alcanzaron la línea de flotación con el apoyo del expresidente, no hablemos ya de las nulidades que están haciendo fila mientras que se convoca a la constituyente.

El segundo es precisamente el “factor democrático”. Uribe es una figura profunda, radicalmente antiliberal, y en términos de las instituciones conjuga dos características: sabe que su política no cabe dentro de la Carta de 1991, y está decidido a jugar, si se me permite la metáfora futbolística, al borde del reglamento. Por eso hace política frente al estamento militar, y apuesta a la desestabilización. Pero eso me lleva al tercer factor, el “del riesgo”. Dada la naturaleza de su coalición —colectivamente urgida de desactivar todo involucramiento del Estado en las estructuras del poder local, individualmente necesitada de la desactivación del aparato de justicia— Uribe y los suyos tienen buenas razones para quemar puentes. Tienen que volver al poder, tienen que hacerlo rápido, y la única carta con la que cuentan es Uribe mismo. En un país en el que se hacen literalmente decenas de actos legislativos por período presidencial —“una reforma constitucional no se le niega a nadie”— esta aspiración no ha de parecer exótica.

Hay así mismo un “factor orwelliano”, sobre el que hablé en alguna columna anterior. Siempre que Uribe ha decidido dejar el tema de su candidatura a sus escuderos, está anunciando que se presentará. Eso pasó en ambas reelecciones. Los precedentes son en este sentido abrumadores: cada vez que tuvo la oportunidad intentó cambiar las reglas de juego a su favor. Sólo que ahora las cosas son distintas. Las apuestas son más altas, las trayectorias están mucho más envenenadas. Y Uribe ha sacado cantidad de conclusiones de la “traición” de Santos. Una de ellas es que estamos frente a una hecatombe. Si el lector repasa la descripción por parte del entonces presidente de lo que sería una hecatombe, ella corresponde casi palabra por palabra con lo que dice creer que estamos viviendo hoy. Y ahí tenemos un último factor, el “programático”. Por eso también, el Puro Centro Democrático (nueva salida exasperadamente orwelliana: nada más impuro, menos centrista, más ambiguo con respecto de la democracia) tiene que apostar a la reelección.

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