Por: Ramiro Bejarano Guzmán

El reino de Pinocho

Era más fácil decir la verdad entonces que acomodar las versiones sólo después de que el diario Washington Post revelara que las agencias americanas han auxiliado las operaciones más famosas de las fuerzas armadas colombianas, donde han caído 67 insurgentes de las Farc.

Si no es porque el periódico americano investiga y descubre que a su turno el Congreso americano andaba pidiendo cuentas de los gastos en seguridad en el exterior de las agencias de su país, aquí jamás habrían salido ni Uribe, ni Gabriel Silva, ni el mismo ministro Pinzón, a convencernos de que cada uno no mintió en su momento, cuando dieron partes de victoria de la caída de varios subversivos pero callaron sobre la eficaz ayuda extranjera.

Uribe hoy sostiene que bajo su responsabilidad y con la ayuda gringa se ejecutaron durante su gobierno operaciones importantes contra “la Farc” —como las denomina—, pero ya no recuerda que no le dijo la verdad ni a sus compatriotas ni a su homólogo del Ecuador, el energúmeno Rafael Correa; Gabriel Silva, ahora contradictor del gobierno de la seguridad democrática del que hizo parte, también se acordó tarde de mencionar la invaluable ayuda americana, y el ministro Pinzón tuvo la audacia de decirnos que todo el mundo tiene que presumir que detrás de esas acciones intrépidas y exitosas están siempre las manos expertas del gobierno americano.

El problema, a mi juicio, no es que las agencias de inteligencia americanas presten colaboración en la lucha contra la insurgencia, como lo han venido haciendo desde hace muchos años, dentro del marco de unos acuerdos de cooperación que no necesitan refrendación del Congreso porque no suponen tránsito de tropas extranjeras en territorio colombiano, y que son usuales en el planeta entero. Esa cooperación es útil, pues sin ella muy seguramente este país habría resultado fallido por cuenta del narcotráfico y el conflicto interno. Lo que es censurable es que los gobiernos colombianos hayan mentido en cada ocasión. Les habría bastado decir algo parecido a lo que explicó el Departamento de Estado americano por estos días, en el sentido de reconocer que sí nos han prestado colaboración en varios golpes contra los alzados en armas, pero que por tratarse de asuntos de seguridad los detalles permanecerán en la reserva. Si eso lo hubiesen sostenido aquí cuando cayeron Reyes, Jojoy, Cano, o con la operación Jaque, las revelaciones del Washington Post no habrían tenido ningún eco, porque habríamos estado previamente enterados por boca de nuestros propios funcionarios.

Pero si han quedado mal los dos últimos gobiernos con las revelaciones del Washington Post, también el Congreso y los medios de comunicación criollos, porque ninguno hizo su papel. No hubo ni ha habido control político a la guerra, porque ningún parlamentario se ha atrevido a nada; lo mismo puede decirse con los medios que terminaron reproduciendo las falacias de unos comunicados de prensa expedidos por las guarniciones militares que sustituyeron las investigaciones periodísticas.

Con razón se dice que la primera sacrificada en una guerra es la verdad. Colombia no ha sido, y tal parece que no será, la excepción.

Adenda Nº 1. General Palomino, director de la Policía, ¿por qué será que siempre que la Policía quiere poner en la picota a algún personaje que infringe el tránsito, todo se filma y se filtra cuidadosamente a la prensa, pero cuando caen asesinados un grafitero o un técnico del CTI en confusos hechos policiales, no hay rastros de nada?

Adenda Nº 2. Yo también suscribo la carta pidiéndole a Cine Colombia que no censure el tráiler del contundente documental No hubo tiempo para la tristeza, que recoge las revelaciones del libro Basta ya, del Centro de Memoria Histórica. No hay derecho a tanta intolerancia y torpeza. Esa película debe ser vista por todos los colombianos. En este link puede verse completa: http://www.centrodememoriahistorica.gov.co/micrositios/informeGeneral/documental.html.

 

 

 

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