Por: Ramiro Bejarano Guzmán
Notas de buhardilla

El reino de Pinocho

El anuncio del fiscal, Néstor Humberto Martínez (NHM), acerca de un supuesto atentado a Duque con armas de largo alcance pareció un cuento. En un país de magnicidios y donde no es improbable que algún loco quiera acabar con la vida de una figura pública, la más elemental prudencia de cualquier autoridad que tenga conocimiento de tan grave suceso es anunciarlo con pruebas. Pero no, NHM salió muy tieso y muy majo a hablar del complot sin que haya un solo detenido ni una sola arma incautada, y el Gobierno otra vez se subió a esa aventura irresponsable.

Conocida la inquietud generalizada de que esa conspiración contra Duque no se veía verosímil, saltó al ruedo el comisionado de “Guerra”, Miguel Ceballos, hablando de la interceptación de una llamada entre indígenas que dialogaban acerca de que el subpresidente pasaría por un determinado lugar de la plaza de Caldono. Y de esa conversación inofensiva que Ceballos calificó de “impresionante” montaron la falacia de que los indígenas quieren asesinar a Duque. Ojo con lo que usted habla por celular, porque si en una de esas menciona a Duque y lo interceptan, lo sindican de quererlo matar.

Aunque, repito, no se descarta que en un país tan violento alguien quiera ultrajar a Duque, lo cierto es que lo que nos han contado no es serio. El Gobierno y el fiscal NHM están urgidos de suscitar solidaridad para superar sus errores. Lo que parece probable con esta historia que fraguaban unos indígenas es que lo que en verdad pretendió Duque fue excusarse para no reunirse con la minga, porque el ala más recalcitrante del uribismo lo regañaría. Lo tangible no es el ataque a Duque sino que no les cumplió a los indígenas a quienes dejó ardidos y en pie de lucha.

Va quedando la huella del talante de un Gobierno famoso por embustero. El episodio del alcalde (e) de Santa Marta, quien valido de su condición de peón de brega de la “Casa de Nari” acudió al temible almirante Amaya, director de la Dirección Nacional de Inteligencia, para practicar una indebida inspección judicial en la sede de su nuevo despacho, es intimidante. El encargado de la transparencia oficial es el primero en violar la ley dizque para detectar primero irregularidades en la gestión de su antecesor, que luego ha intentado justificar con la versión de que se encontró una cámara de un circuito cerrado de televisión que grababa todo lo que estuviera ocurriendo en su oficina. Aquí también nos quedaron debiendo las pruebas que el pintoresco funcionario dijo que estaba buscando y para ello, en vez de acudir a los jueces o a la Procuraduría, lo que sí habría sido transparente, optó por atribuir funciones jurisdiccionales a ese personaje sombrío que en nombre del uribismo pura sangre dirige la agencia civil de inteligencia, procedimiento que está muy cerca del delito y del abuso de poder.

Y en ese ambiente enrarecido de fabricar historias para sacarle el cuerpo al desprestigio que los acosa, el fiscal NHM —el mismo que metió al Gobierno en el novelón del atentado a Duque— se autopromueve como el gran defensor del río Cauca. Martínez se sabe dar bombo y ahora se inventó una solicitud de medidas cautelares a un juez de garantías para que se extraiga el buchón expandido en el río. ¿Fiscal, consejero presidencial, jefe de seguridad de Duque, ministro de Ambiente o todas las anteriores?

Nadie quiere que atenten contra Duque, pero sí que capturen a los supuestos responsables del atentado; tampoco nadie aspira a que el peligroso director de Inteligencia tenga más poderes y sobre todo ilegales, y no hay nadie interesado en que NHM haga de Hidroituango el motivo para despistar incautos y que no se note su caótica gestión.

Adenda. Insólito que el desconocido representante del Centro Democrático Ricardo Ferro tome posesión en la Comisión de Acusaciones y lo primero que se le ocurra sea prevaricar ordenando investigar a la presidenta de la JEP y a uno de sus magistrados que tanto odian su partido y el presidente eterno. Eso sí es persecución política y judicial. Para eso quieren perpetuarse en el poder, para perseguir y criminalizar a todo aquel que no piense como ellos, o para intentar silenciar periodistas enhiestos como el valeroso Daniel Coronell.

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