Por: Eduardo Sarmiento

El relevo presidencial

En los últimos días han aparecido evaluaciones sobre el desempeño económico de la administración Uribe.

En general se encuentra que la economía avanzó por debajo de la tendencia histórica con un promedio de 4%, impulsada por la inversión extranjera. Lo más reprobable es el perfil del crecimiento: proviene del aumento de los sectores intensivos en minerales, que se caracterizan por la baja generación de empleo y el aumento de las importaciones que han venido a sustituir el empleo formal. Se configuró el clásico modelo de crecimiento sin empleo.

La política social, que prácticamente no se menciona en el primer plan de desarrollo, giró alrededor del asistencialismo. El programa estrella es la entrega de subsidios en efectivo en los despliegues oficiales. Las transferencias destinadas a la salud y la educación se congelaron. Las apropiaciones para educación disminuyeron en términos del ingreso per cápita; los índices de desempeño escolar de secundaria descendieron en los últimos ocho años.

Algo similar ocurrió en salud. El aumento de la cobertura del Sisbén está basado en una apropiación de $150.000 anuales, que no alcanza ni para las aspirinas. La mayoría de la población no tiene acceso a la salud especializada y el sistema en su conjunto colapsó asediado por las obligaciones incumplidas.

En síntesis, se falló en el cumplimiento del mandato constitucional de los derechos fundamentales. El 12% de la población está desempleada y el 60% en la informalidad, sin seguridad de salud y pensión, y con acceso a educación discriminada y de baja calidad.

Ciertamente, los indicadores de la administración Uribe son mucho mejores que los que recibió de la administración Pastrana, pero por este camino de las comparaciones se acabarían justificando los gobiernos por el mal desempeño de los anteriores.

El modelo Uribe, con unas pequeñas variantes, es la continuidad del Consenso de Washington. Los resultados están a la vista. Entre 1990 y 2010 la economía creció al ritmo más bajo del siglo, el desempleo y la informalidad alcanzaron las tasas más altas desde que existen cifras registradas, la pobreza superó el 50% y el coeficiente de Gini de la distribución del ingreso pasó de .51 a .59.

Frente a esta experiencia, el desafío de la sociedad colombiana no puede ser distinto al de apartarse de las concepciones dominantes. Se requiere un nuevo modelo compuesto por una organización macroeconómica que le dé prioridad al empleo y la producción a tiempo que estirpe la especulación; el motor de desarrollo industrial apoyado en el aprendizaje en el oficio, el mercado interno y la integración latinoamericana; y la política social construida alrededor de los derechos del trabajo formal, la salud universal y la educación integrada.

 

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