Por: María Elvira Samper

El reloj corre en contra de las Farc

EL MONO JOJOY MURIÓ EN SU LEY, abatido en una guerra inútil que las Farc no pueden ganar o, mejor dicho, que están perdiendo.

No podía ser de otra manera, nunca creyó en algo distinto al poder de las armas. Nunca durante los diálogos del Caguán dio una declaración que permitiera pensar que creía en el valor del diálogo, de la palabra. Su ley era la de la fuerza, la de las armas y así lo hizo saber: “Las armas representan un ideal, un objetivo… Aquí sólo con un fusil lo respetan a uno… El fusil es el garante de los acuerdos que se firmen, si los entregamos esto se acaba”.

Para Jojoy la única salida posible era matar o morir. Su muerte, no sobra repetirlo, constituye el golpe militar más contundente contra las Farc, pero también una derrota política. Las consecuencias en la moral de los guerrilleros será devastadora y la evidencia de que el Estado puede llegar hasta lo más espeso de la selva y dar de baja a su hombre más fuerte, al guerrero por excelencia, el formador de combatientes, el estratega de las operaciones más sangrientas, su figura más emblemática, afianza la confianza de la sociedad en la política de seguridad, en la necesidad de seguir por el mismo camino.

Así las cosas, la posibilidad de una salida negociada no es más alta, sino que se ve más lejana, y no sólo por la evidente eficacia de la estrategia estatal y porque además la mayoría de los colombianos se opondrían, sino porque tal como están las cosas la iniciativa tendría que venir de las Farc y es seguro que su reacción será como de fiera acorralada. Tienen que probar que conservan la capacidad de hacer daño, que no están debilitadas. Los más perjudicados, me temo, serán los policías y militares secuestrados.

Pero si más adelante se da esa posibilidad, las Farc ya no podrán llegar a la mesa de negociación como lo hicieron en el Caguán. No habrá negociación en medio de la guerra, no habrá despejes, no podrán imponer la agenda de discusión de cinco puntos que planteó Alfonso Cano, entre ellos la tenencia de la tierra. El gobierno de Santos les está ganando de mano. Ahí están el éxito de la ‘Operación Sodoma’ y proyectos de gran impacto social, como la ley de tierras que supone una reforma agraria, una transformación del campo, y la ley de víctimas que implica, entre otros aspectos, restituirles las propiedades que les arrebataron guerrilla y paramilitares.

En el Caguán, las Farc perdieron la oportunidad de convertirse en actores políticos y de contribuir a la paz. El reloj corre ahora en su contra, los espacios políticos aquí y en el exterior se les cierran cada vez más. Sólo les queda el camino de avenirse a las condiciones del Gobierno, dispuesto a ganar o por la razón o por la fuerza: cese del fuego, entrega de armas, liberar a los secuestrados, devolver a los menores que están en sus filas, desminar campos y desmovilizarse en condiciones similares a las Auc. Palabras más, palabras menos, tendrán que aceptar una especie de sometimiento a la justicia.

Mientras eso llega, si es que llega, la muerte de Jojoy deja algunas conclusiones. Que la política de seguridad, a la que el presidente Santos hará ajustes, no dependía del liderazgo de Álvaro Uribe. Que Uribe no es indispensable ni hay hecatombe. Que no tienen razón los furibistas que sacan colmillo e insinúan que con Santos, que dejó abierta la puerta de la negociación, se estaba dando un retroceso en la lucha contra las Farc. Que no estar en permanente posición de “si lo veo, ¡le doy en la cara m…!” no necesariamente es síntoma de debilidad. En fin, que combatir a la guerrilla es posible sin el concurso de paramilitares, sin falsos positivos y sin violar los derechos humanos, es decir, en el marco de la Constitución y las leyes.

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