Por: Fernando Barbosa
A mano alzada

El remedio o la enfermedad

No son nuevas las leyes que desde tiempos remotos han tratado de combatir la corrupción: el Código de Hammurabi, que data del año 1754 a.C., o las antiguas leyes atenienses y chinas, entre otras tantas. Aquí también hemos hecho lo propio para sancionar estos delitos. Desafortunadamente, no ha sido posible evitar catástrofes como las de Reficar, el cartel de la contratación en Bogotá o el caso de Odebrecht, o las de Saludcoop e Interbolsa, más una larga lista. Pareciera, en cambio, que a mayor blindaje mayor es el daño que se nos causa. Por eso, y por amargo que parezca, a veces puede resultar más sabio quedarse con las enfermedades que con los remedios, así resulte trágico. Quizá tengamos que inclinarnos ante la sabiduría popular cuando dictamina que en ocasiones el remedio es peor que la enfermedad.

El Consejo Económico de Asia Pacífico —APEC, por sus siglas en inglés— constituyó hace 15 años el Grupo de Trabajo Anticorrupción y Transparencia. Su directora, la chilena Marta Herrera, en una entrevista publicada el pasado 24 de abril, señala que “mientras los avances tecnológicos pueden ser útiles en la lucha contra la corrupción, debe tenerse en cuenta que la información obtenida y suministrada a través de la web no es siempre confiable”. Y agrega: “la naturaleza de vertiginosa adaptación propia de las tecnologías de hoy también permite que nuevas formas de corrupción evolucionen más rápido de lo que pueden identificar los organismos encargados de hacer cumplir la ley”.

Las afirmaciones de la directora no son novedosas. “Hecha la ley, hecha la trampa” (inventa lege, inventa fraude), decían los romanos. No obstante, insistimos en legislar a sabiendas de que no se logrará lo que se pretende mientras alentamos la vana esperanza de que ocurra un milagro. Necesitamos nuevas miradas, pues pareciera que no hemos hecho bien el diagnóstico, desconocemos qué es lo que nos aqueja y no desciframos qué remedios son los adecuados. Se requiere de un esfuerzo para reflexionar sobre la manera como actúan las normas. Es innegable que tienen el propósito de disuadir y, en ocasiones, de prevenir. Pero la verdad es que solo empiezan a ser efectivas cuando son violadas.

En 2018, los votos por la consulta anticorrupción llegaron a 11’645.000. El Gobierno Nacional tomó esas banderas, pero fue incapaz de impulsar su trámite en el Congreso y, peor aún, no se tomó el trabajo de ahondar en el problema. Los estertores legislativos sobre el mismo tema, que todavía caminan cojos, es probable que corran la misma suerte. Ahora estamos a la espera de que funcionen los optimistas “pliegos tipo”, que se supone habrán de ser una panacea. No obstante, creo que si atendemos la advertencia de Marta Herrera, llegaríamos a resultados similares a los obtenidos con las anteriores normas de contratación: la nueva corrupción nos lleva la delantera.

La siguiente cita de las Analectas II.III de Confucio quizás sirva para incitar la reflexión: “Guía al pueblo con leyes, mantenlo en orden con castigos: el pueblo hará lo posible por eludirlos, pero carecerá de sentido del honor. Guíalo por la virtud, mantenlo en orden por los ritos: tendrá sentido del honor y se avendrá”.

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2019-06-07T21:19:17-05:00

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2019-06-08T11:08:37-05:00

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