Por: María Elvira Bonilla

El resentimiento como arma política

El arrollador abrazo con el que Sigifredo López saludó a sus hijos en el aeropuerto de Cali expresó la emoción que traía represada de sus siete años de cautiverio.

Su doble condición de sobreviviente del secuestro y de la masacre en la que las Farc asesinaron a sus once compañeros hicieron aún más heroico su regreso a la libertad. Desde que tocó tierra vallecaucana, las palabras lo atropellaron sin disimulo frente a los periodistas y en la tarima improvisada en la plazoleta de San Francisco. Hablaba sin odio y reiteraba la necesidad de la paz e incluso de trabajar por una negociación política con sus verdugos. Habló con un convencimiento y una vehemencia que cuando el premio Nobel de Paz José Saramago lo escuchó por azar en alguna emisora de onda corta en su lejano Lanzarote, se propuso localizarlo para invitarlo a que lo visitara y conocer de primera mano la inhumana experiencia de la selva. Sigifredo tuvo la suerte de compartir con él antes de que iniciara su declive final. La reconciliación era entonces su consigna.

Pero el lodazal de la contienda política contamina las almas y de allí tal vez su reacción, poco reticente y más bien afirmativa frente a la recomendación de su estratega, el boliviano Ricardo Paz, quien asesoró a Keiko Fujimori en Perú. La propuesta es polarizar la campaña y reeditar el manido libreto de pobres contra ricos, los de abajo contra los de arriba. El libreto del resentimiento social que acude a la ignorancia sumada a las frustraciones acumuladas para vencer. Una dialéctica estéril y destructiva con la que los últimos tres alcaldes de Cali —John Maro Rodríguez, Apolinar Salcedo y Jorge Iván Ospina— lograron imponerse electoralmente, pero dejando en el camino una ciudad rota y dolida que no consigue aún encontrar el cauce de la esperanza.

Sigifredo no puede dejarse llevar por el olvido como simple táctica electoral en el afán prematuro y desesperado por atajar a su contendor Rodrigo Guerrero. Un candidato con trayectoria de vida y experiencia, comprometido de tiempo atrás con la realidad social del Valle y de Cali, quien despegó con fuerza y hoy lidera con estrecho margen las encuestas de intención de voto. Guerrero prescindió de su extracción conservadora y se puso en la tarea de recoger firmas —consiguió 127.000 en solo diez días— con el propósito de inscribirse como el candidato de la unidad, capaz de construir puentes entre negros y blancos, ricos y pobres, excluidos y privilegiados en una ciudad fracturada que necesita con urgencia armonía para poder avanzar. Si Rodrigo Guerrero, quien fue alcalde en los años 90 cuando el narcotráfico comenzaba a asomar sus narices, logra transmitir su mensaje, podría despertar el adormecido voto de opinión que en Cali nadie ha logrado movilizar. Sigifredo tiene mucho que decir sin dejarse acorralar por el resentimiento ni marchitar por una herencia de la derrotada Keiko Fujimori, que nada tiene que ver con la alegría y la vitalidad caleña que ninguna crisis ha conseguido doblegar.

 

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