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El resignado

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Cuando existía la designatura, esta siempre dio de qué hablar. Quien tuvo esa dignidad, durante el gobierno de Guillermo León Valencia, fue José Antonio Montalvo, quien pasó a la historia no como presidente encargado, sino por su célebre frase de que había que combatir a los liberales a “sangre y fuego”.

Valencia le dio una “paloma” el 6 y 7 de agosto de 1963, cuando viajó a Venezuela. Lo dejó encargado del poder por esos dos días y luego fue nombrado embajador en la Santa Sede. Entonces el artículo 125 de la Constitución decía: “Cuando por cualquier causa no hubiere hecho el Congreso elección de designados, conservarán el carácter de tales los anteriormente elegidos. A falta de designados entrarán a ejercer el Poder Ejecutivo los ministros, en el orden que establezca la ley”.

En junio de 1966, el presidente Valencia pretendía viajar por Suramérica y, como el Congreso no había elegido nuevo designado (el período era por dos años), se armó la controversia conservadora: los amigos de Montalvo (ospinistas) aseguraban que debía encargarse él, porque seguía siéndolo, y los lauroalzatistas sostenían que la “paloma” era para el ministro de su grupo, Francisco Posada de la Peña. Además decían que al designado elegido se le había vencido el período y estaba muy lejos, en Roma.

El presidente Valencia declaró: “Hay que darle el chancecito a Montalvo”, y lo hizo venir de la Ciudad Eterna.

El designado ya era para entonces muy anciano (un abuelito). Tomó el avión y llegó a El Dorado después de dos días de vuelo, que era el tiempo que duraba por aquella época ese viaje. Tardó cinco minutos en descender del avión, cuando se utilizaba escalerilla para llegar a la pista, y él además cojeaba.

El presidente Valencia lo recibió allí, lo abrazó y camino hacia el automóvil de Palacio le comunicó que había desistido de viajar y que trató infructuosamente de comunicarse con él para hacérselo saber.

No le llegó el chancecito. La “paloma” voló, cual Paloma Valencia. Quedó resignado y cojeó de regreso.

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