Por: María Antonieta Solórzano

El respeto: camino hacia la abundancia

Un aprendiz del camino interior debía elegir una flor en un jardín, sentarse frente a ella y llevársela al maestro.

Hizo la tarea tal como se lo pidieron, pero cuando el maestro observó su consternación, le pregunto a qué se debía. Él le contestó que tan pronto la había arrancado del tallo, tomó conciencia de que había interferido en su destino y que, en consecuencia, la había irrespetado.
Cuando nos acercamos a la exploración del camino interior, aquel que conecta nuestra cotidianidad con la espiritualidad, es urgente hacer a una redefinición del respeto.

La noción de respeto a la que estamos acostumbrados tiene algunos significados que en realidad nada tienen que ver con él. A veces se le concibe como la práctica de protocolos para dirigirse a las personas que ocupan una jerarquía superior o una posición de poder; en otras ocasiones como un derecho que poseen las figuras de autoridad para restringir la libertad de los dominados y, finalmente, como el acto de reconocer que los derechos de los demás no pueden violarse.
Rara vez se piensa en el respeto como una serie de acciones con las que acompañamos al amigo o al hijo a descubrir su misión de vida ni como maneras de ofrecer apoyo a iniciativas con las que no estamos de acuerdo, menos aún como el compromiso de que el otro desarrolle el libre albedrío.

Sin embargo, como estas creencias nos invitan a tomar plena conciencia de que nadie tiene el derecho de imponer, desde su verdad, un destino a ninguno de sus congéneres, transformarían nuestra vida diaria en una convivencia amorosa de carácter sagrado.

Más aún, cuando entendemos el respeto como fundamento de la convivencia amorosa, reconocemos que cada quien puede hacerse cargo de su vida y de su misión en el mundo sólo si ha tenido la oportunidad de escoger y, en consecuencia, abandonamos la costumbre de debatir para convencer y dominar, dejaríamos de temer oír la frase: “A mí me respeta“, como la antesala de una declaratoria de guerra o dominación que exige la sumisión o la rendición.

En cambio, el diálogo respetuoso que incluye las necesidades y metas del interlocutor para co-crear una realidad donde ambas perspectivas ocuparían su lugar como fundamento del amor y la libertad.

Al final del día, si el resultado de respetar al otro es aumentar sus oportunidades de autonomía y conciencia vamos a sentir que pertenecemos al mundo que nos acoge, en el que la abundancia material, personal y espiritual es posible. Pero, lo más importante, nadie tomaría en sus manos el destino de otro para bien ni para mal.

 

María Antonieta Solózano *

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