Por: Antonio Casale

El resultado global

Somos esclavos de los resultados. Analizamos partido a partido como si fueran un todo, como si la vida se fuera en un solo juego. Sería bueno aprender a analizar más bien las campañas, porque en el camino pasan muchas cosas.

Recientemente lo hicimos con la selección Colombia juvenil cuando sin haber jugado el último partido la dábamos por eliminada de los Olímpicos y la calificábamos de mediocre. Vino la victoria contra Brasil y lo que parecía imposible se logró. Al final, el balance de la campaña fue más que bueno. Constantemente sucede lo mismo con los equipos del rentado nacional. Ganan tres partidos y los convertimos en campeones del mundo, o al revés, pierden tres juegos consecutivos y los enviamos al infierno.

Somos latinos, pasionales y vamos al ritmo que la vida marca. Tal vez por eso vemos que sucede lo mismo en España, Italia, México o Argentina. Recordemos nada más al Atlético que goleó al Madrid, lo encumbraron de nuevo como favorito al título mientras que a su víctima la condenaron al fracaso, ya le buscaban el reemplazo a Ancelotti. Hoy, apenas quince días después, la tabla muestra las mismas diferencias que había antes de ese juego. No pasó nada, apenas un partido, vergonzoso sí, pero no definitivo.

Juan Manuel Lillo decía que el resultado es un impostor, y lo es. No se trata de renunciar a ganar o de menospreciar el objetivo, que siempre será ganar. Pero qué bueno sería que nosotros, los que no jugamos sino que nos creemos con el derecho a juzgar, aprendiéramos a calificar con menos trascendencia los partidos. A observar el camino más allá del accidente. A mirar las evoluciones o retrasos a lo largo de varios encuentros. En general, a observar más la campaña y menos el partido del día. Cierto es que hay partidos coyunturales en las campañas, pero aún esos son pequeños capítulos del gran libro de una temporada. Aplica tanto para las victorias como para las derrotas.

 

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