El resurgimiento de la ETB

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La experiencia de la ETB en los últimos 20 años revela la debilidad de las instituciones de evaluación y seguimiento. Hace cuatro años, cuando Enrique Peñalosa fue elegido alcalde de Bogotá y designó al nuevo presidente de la ETB, la empresa se calificaba como zapatos viejos, el lastre, ineficaz e inviable y debía venderse para evitarle a la ciudad una gran quiebra.

Ahora, cuando el presidente de la empresa deja el cargo, los términos han cambiado. Ya no es necesario venderla para evitar su quiebra.

La evolución del estado de la empresa la describí en diferentes columnas y en la presentación en el cabildo distrital. En todas ellas mostré que la historia de la empresa se modificó en el período 2012-2015. En la década que la antecedió, la actividad de la empresa se limitaba a la telefonía fija, que era una criatura en extinción. Los ingresos operacionales disminuían sistemáticamente y la inversión se desplomaba. Los suscriptores caían y la empresa perdía participación en el mercado.

Entre 2012 y 2015 se realizaron inversiones por más de dos billones de pesos para movilizar la fibra óptica y avanzar en la telefonía móvil, que eran las áreas que por su naturaleza le ofrecían a la empresa el mayor potencial de expansión. Así ocurrió. Los dos frentes han venido creciendo por encima de 50 %. En los últimos años, la participación de la telefonía fija (el cobre) se redujo de 65 a 40 %. Los ingresos se levantaron rápidamente y mantuvieron su participación con respecto a los competidores.

En los últimos años, la empresa ha mostrado una espectacular expansión de los ingresos operacionales con respecto a los gastos. El coeficiente ebitda, que es reconocido como el indicador más robusto de la estructura de utilidades de las compañías, se mantuvo con alteraciones menores por encima de 35 %. La caja de la empresa bajó ligeramente, pero en la actualidad se encuentra por encima de $0,5 billones.

Los esfuerzos iniciales de la administración 2016-2019 se orientaron a desacreditar a la empresa para justificar su venta. Pero el excelente desempeño de la compañía en todos los niveles los obligó a rectificarse y los llevó a atribuir el éxito a su excelente gestión. En pocos días la quiebra de la empresa ineficiente se transformó en méritos de la administración.

El aspecto más deplorable fue la contratación del estudio de valoración con los bancos de inversión para respaldar la operación. La empresa se evaluó en $2,2 billones y se recomienda venderla por esa suma. Así las cosas, la operación les significaría a los compradores rentabilidades estrafalarias de más de 15 % y al Distrito y a los bogotanos un deterioro patrimonial y el alejamiento de una empresa que puede traer grandes enseñanzas tecnológicas, tanto en la industria digital como en las comunicaciones.

Lo cierto es que la venta de la empresa nunca les significará al país y a sus habitantes los beneficios de una buena gestión interna. La mejor decisión que se puede adoptar es suspender de inmediato y en forma definitiva la venta y contar la historia para que no se repita.

La venta de la ETB fue parte de la estrategia de privatizaciones neoliberales que se presentaron como la forma de elevar la eficiencia y el financiamiento de las empresas, y terminó siendo un procedimiento burdo de la entrega del patrimonio por debajo de su valor y de ganancias excesivas del capital. La licencia a privatizar es uno de los factores que más han contribuido a la ineficacia estatal para reducir las enormes diferencias de ingresos de la sociedad colombiana, y requiere una revisión en todos los órdenes.

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