Por: Andrés Hoyos

El reto de los verdes

LA PRINCIPAL NOTICIA DERIVADA de las elecciones del domingo es que el próximo Congreso será dirigido desde una hamaca en el Ubérrimo o desde el pied-à-terre que doña Lina Moreno piensa instalar en Bogotá. Al presidente Uribe los electores le perdonaron, entre otras cosas, las barrabasadas del AIS y la mal llamada emergencia social, gústenos o no a muchos.

Sin embargo, prefiero referirme al novedoso fenómeno de los verdes, cuya votación más que duplicó los pronósticos pesimistas de algunos gurús que en días pasados llegaron a predecir que no alcanzarían el umbral. La lista verde al Senado recibió más de medio millón de votos, lo que bien visto constituye la cuota inicial de un apoyo que les da una fracción del país. Y digo fracción porque en muchos departamentos ni siquiera figuraron en el mapa.

Hay, pues, una semilla de gran potencial que, como todas las semillas, podría germinar y constituir un árbol frondoso o convertirse en un bonsái. La hora de la verdad será después de las elecciones presidenciales de mayo y junio, en las que dudo mucho que Antanas Mockus logre la Presidencia de Colombia. A partir de ahí, al Partido Verde le quedan dos caminos. Uno sería seguir como el club informal de tres miembros principales y numerosos secundarios, sujeto a sucesivas negociaciones internas pautadas por los egos y las oportunidades coyunturales. Este esquema tiene la aparente ventaja de que permite avanzar según vaya surgiendo el panorama, sin afectar la agenda original de nadie, salvo por tal cual venia recíproca que se deberán hacer los tenores. La desventaja, claro, es que el riesgo de colapso o división a mediano plazo se vuelve inmenso.

El segundo camino, para mí el deseable, sería que los tres tenores quemaran de una buena vez las naves de las capillas visionarias y del país que queremos y optaran por cimentar un partido de centro sólido. Aunque parezca paradójico, un partido es una organización voluntaria a la que una persona cede parte de su autonomía política con el fin de actuar de forma mancomunada con otras que piensan parecido a ella en temas cruciales de la vida pública. Lo primero que cualquier partido tiene que hacer es aprender a decir “no”: no más fracciones, no se aceptan imposiciones, no hay puestos y dignidades ganadas de antemano. Un partido, sobre todo cuando es joven, tiene que arriesgarse a expulsar gente. En un partido debe haber debates vigorosos, pero asimismo disciplina al final del debate. El dirigente no puede decir lo que quiera y mucho menos votar como quiera o hacer los acuerdos que se le antojen.

Un partido tiene que tener rituales y rigor, empezando por un gran congreso de fundación o de refundación en el cual se decidan, mediante disciplina democrática, los puntos cruciales de un programa moderno con sus ramificaciones tácticas y estratégicas. También debe establecer los mecanismos dinámicos pero estrictos para reformar este programa, al igual que la forma de autogobierno que mejor les parezca a los miembros.

Esto se dice fácil. Sin embargo, en Colombia hoy prácticamente no hay otros partidos políticos que los muy desvencijados y desprestigiados que vienen del siglo XIX.

Dicho lo anterior, también es tiempo de que nos tomemos unas breves vacaciones del tema político y durante 17 días, empezando este viernes, persigamos el fantasma de Fanny Mikey por Bogotá. Ella estará, según su vieja costumbre, en todas partes.

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