Se presentaron más de 40 grupos y unos 300 artistas en cuatro escenarios

hace 13 horas
Por: Arturo Guerrero

El retorno de los miserables

El hervidero del mundo está estallando. Desde los años de Reagan y Thatcher los poderosos de la tierra resolvieron subir al máximo la llama de la estufa y la pequeña bomba de gases está a punto de hacer saltar la tapa. Los que ganan dinero cada vez ganan más dinero. Los que con su trabajo hacen reales esas ganancias, cada vez se aprietan más el botón del pantalón.

De un tajo se quiso eliminar lo conseguido a pulso en el siglo XIX: las ocho horas laborables, el salario mínimo para ser hombre, el respeto por la dignidad de quienes sudan bajo las máquinas. Se decretó la flexibilidad en los contratos, eufemismo para echar por tierra la garantía de que molerse el espinazo sea un mérito que suma.

Se abolió el pago de las horas extras, se borraron las menudencias arrancadas a la enorme máquina de engendrar dividendos. Los ventrudos empresarios indicaron amablemente a sus ventrudos gobiernos la conveniencia de bajarles los impuestos, con la promesa de abrir más puestos de trabajo. Promesa de cumbiambera, cuya realización nunca se vio.

La lista de medidas en que impera la ley del embudo es cada día más grande como la distancia entre los dos, del bolero. Lo ancho para el uno por ciento, lo angosto para las mayorías. El trabajo se volvió una neta mercancía humana al arbitrio de los mercachifles.

En los costados de la catedral de Ciudad de México, sobre el Zócalo de la megalópolis, flota una escena de “Los Miserables” de Víctor Hugo. En fila agria se paran hombres con maletines en andrajos y cartelitos al pecho donde anuncian para qué sirven. Latonero, albañil, operario de torno, chofer, en fin, el rango de ocupaciones a las que se ven forzados los que carecen de una profesión académica.

Pasan los compradores de hombres, negocian al menudeo el menor sueldo por las horas de inclinación bajo el yugo. Los elegidos recogen sus herramientas, se quitan el cartel, desfilan detrás del patrón que al poco tiempo los desechará exprimidos. Así era en la Edad Media, así en el XVIII, así quieren que vuelva a ser los adoradores del lucro.

Al aire de los avances tecnológicos, las antiguas empresas se llaman ahora plataformas productivas. Las aplicaciones de internet permiten contratar sin contratar, utilizar trabajadores a quienes se eleva al rango de ´socios´. Usted los ve extenuados en las aceras, languideciendo en los parques. ¿Dónde orinan, comen, descansan? Se les paga a destajo y deben agradecer las monedas como milagros de la vida.

En este hervidero que estalla lo único organizado y estable son las finanzas. Hombres y mujeres de a pie combaten por las migajas, sacan a codazos a los exiliados venezolanos, se secan de mal morir en los corredores de los hospitales. Esta es la sociedad creada por un engendro bautizado neoliberalismo. Es el corazón de un mundo sin corazón.

De ahí viene la batahola de las marchas, los videos con policías infiltrados en ellas, la furia de las mujeres explicando lo que sucede con los disparos al aire de los pulmones. En todas las latitudes estas multitudes claman por una palabra perdida: ¡dignidad!

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El retorno de los miserables

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