Por: Santiago Gamboa

El rey James I

Si en España acaban de coronar  a Felipe VI en una ceremonia más bien destemplada, en Colombia proclamamos a bombo y platillo el reinado de James I, rey de la esperanza y la felicidad, ese joven talentoso que, a sus 23 años, dirige el grupo que tiene soñando a 47 millones de compatriotas con su magia en el campo de fútbol, sus pases y aceleraciones, sus globitos y cabezazos, el alma de un equipo que, sin él, tiende a volverse lento e impreciso, como si tuviera bolsas de arena en los tobillos, y con tendencia a recuperar pelota sobre todo haciendo foul, como se vio en el primer tiempo contra Japón.

Que viva James I, rey de la alegría en un país que acaba de vivir unos meses muy dolorosos, una verdadera temporada en el infierno que, por cierto, el antideportivo y siniestro Dr. Uribe quiere prolongar, pues a la misma hora en que el país, unido, reventaba de dicha con las genialidades de James y sus caballeros, él seguía aferrado al Twitter insultando a Santos, diciendo que es un terrorista y un comunista y no sé qué más pendejadas, sin darse por enterado de dos cosas que el resto sí registró e incorporó, a saber: que ya se acabó la campaña electoral (¡que alguien se lo diga!) y sobre todo que su “unidad externa”, ese holograma en baja resolución llamado Oscariván… ¡ya perdió!

Tras las elecciones, todo eso debería quedar atrás: el país de la mentira y de la ira, del fascismo lumpen y del garrote, del juego sucio y el atajo. Ahora los problemas son y serán otros y habrá que estar vigilante, claro, pero ya no es lo mismo, y para darnos una tregua están el rey James I y sus caballeros, empezando por el gran Jackson, esa especie de discóbolo chocoano; el genial Teo y el entrañable y cumbiambero Pablito Armero, Faryd el bíblico, el desbordante Cuadrado de negros cachumbos, que para los defensas son como los heraldos del poema de Vallejo, a los que se suman Fredy Guarín, fecundo en ardides, y el implacable Ospina (hablo de David), lo mismo que el gigantesco Balanta, cuyo nombre recuerda al Taolamba de las radionovelas de los setenta. Tan unidos y fuertes como está la afición colombiana, lo que equivale a decir: todo el país.

Que el destino sea dadivoso con ellos y que este sábado, al enfrentar a Uruguay, consigan la victoria. Y vale recordar, tal y como están las cosas, que Uruguay no es sólo el mordedor dientón de Luis Suárez, parecido a un Vargas Llosa joven, ni mucho menos esos atrabiliarios periodistas uruguayos que ahora insultan a Colombia, como si fuéramos nosotros los que sancionamos a su delantero. No. Hay que pensar en el otro Uruguay, el país amigable gobernado por Pepe Mujica, ese Nelson Mandela latinoamericano; en la nación miembro de la asociación de países de la francofonía, pues en su tierra nacieron tres grandes poetas franceses: el conde de Lautremont (Isidore Ducasse), Jules Laforgue y Jules Supervielle, y que además reivindica el nacimiento de Carlos Gardel. Nada menos.

Pero James I y sus héroes sabrán vencerlos, porque esta alegría y esta unión nacional después del carnaval del odio podrán con todo, y ya me soñé con un 3 a 2 a favor, goles de James, Bacca y Guarín, y descuento uruguayo de Godín, de cabeza, y otro de Cavani. Un partidazo el que me soñé y que espero se vuelva real.

 

 

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