Por: Sorayda Peguero

El riesgo de la desnudez

Un avión sobrevuela el sur de Estados Unidos un caluroso día de septiembre de 1957. Sin apartar la mirada de la región que está a punto de pisar por primera vez, el pasajero James Baldwin piensa que la tierra de Georgia le debe su color rojo a la sangre que ha goteado de sus árboles: la sangre de los frutos extraños. Leyendo a Baldwin pasa lo que sucedía cuando Billie Holiday cantaba Strange Fruit en uno de esos clubes a los que ella y sus músicos tenían que entrar por la puerta de atrás. Mal Waldron, el pianista que la acompañaba, decía que cuando Holiday interpretaba Strange Fruit “era como si embarraran la nariz de la gente con su propia mierda”. Baldwin te agarra por un brazo y te dice: “Ven aquí, darling. Acércate y mira esto. Esto es lo que nos están haciendo. Esto es lo que nos estamos haciendo”. Y cuando te tiene donde él quiere, cuando rasga el velo que hay entre el mundo y tú, entre tú y los otros, te convence de que evadir la realidad está contraindicado para quienes creen que todavía es posible transformarla.

Baldwin quería ser testigo de lo que veía en las portadas de los periódicos franceses. Regresó de su exilio voluntario en París para ver cómo algunos estudiantes negros eran insultados y escupidos por gente que se oponía a que ingresaran en escuelas para blancos. Baldwin sabía, porque lo había vivido en su propia piel, hasta dónde puede llevarnos el odio irracional. Un día, sentado en un restaurante de Nueva Jersey en el que sabía que un chico negro no debía estar, fingió que no había escuchado a la camarera. Cuando la mujer se acercó para repetirle que abandonara el local, Baldwin pensó en estrangularla, pero optó por lanzarle una jarra de agua fría. Mientras se alejaba del restaurante sintió miedo de sí mismo. Las manos con las que escribía poemas, novelas y dramas en tres actos estaban listas para matar. No podía soportar la tentación de tratar a los demás como lo habían tratado. No podía seguir viviendo en un país que le negaba su humanidad.

“Ha sido siempre mucho más fácil (porque siempre ha parecido menos arriesgado) dar un nombre al mal exterior que localizar el terror interno –dijo Baldwin–. Y sin embargo, este terror interno es mucho más verdadero y mucho más poderoso que nuestras etiquetas: las etiquetas cambian, el terror es constante”. Baldwin necesitaba la distancia del exilio para entender el país que amaba y que criticaba sin fervores patrióticos. Ese país lo condenó a una vida de sufrimiento en su natal Harlem. Ese país no le perdonaría que fuera negro y homosexual, ni que sacara a la luz tanta suciedad oculta debajo de la alfombra. Todos eran cómplices, y todos estaban pagando el precio del engaño, aunque no en la misma medida.

Baldwin decía que para convertirnos en seres sociales nos contamos mentiras acerca de nosotros mismos. También ocurre con los países: “Modificamos o reprimimos y mentimos acerca de las fuerzas más oscuras de nuestra historia”. Pero uno puede despertarse una mañana y descubrir que su yo inventado ha desaparecido. Entonces, contemplando nuestra desnudez, debemos correr el riesgo y preguntarnos: “¿Con qué materiales vamos a construir otro yo?”. Podríamos caer en la trampa y elegir alguien a quien temer, alguien a quien poder odiar. Ante la presencia de nuestro monstruo, que nos mira, que saliva ansioso esperando una señal para saltar al cuello de su próxima víctima, podríamos soltar la correa y darle lo que nos pide: apaciguar su propio miedo. Según Baldwin, la vida de los hombres, igual que la vida de las naciones, depende de la intensidad con que esta cuestión permanece viva en nuestra mente.

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2019-08-02T15:31:32-05:00

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