Por: Fernando Araújo Vélez

El robo del santo

Con Dios no se juega, le advirtió su mujer una y mil veces. Mira que si te llevas a San Antonio, yo me largo de aquí y no me vuelves a ver. Arnaldo había dejado de escucharla días atrás. Ya no creía ni en ella ni en San Antonio ni en Dios.

Dejó de creer en lo otro y en los otros el último día del año que acababa de terminar, 1999, pues a su mujer le encontró una carta de amor con una letra que no era la suya, y los otros no le habían cumplido la promesa de hacerle una estatua en el parque de su pueblo por sus años de gloria como pitcher de la Selección Colombia. Sólo le regalaron unos cuantos pedazos de bronce, yeso, molduras, y un lánguido “lo siento” de parte del escultor, a quien jamás le pagaron un peso, o eso fue lo que dijo.

Había terminado casi en la calle, porque aquella casucha con piso de barro y techo de cinc en la que había vivido con Zoila y sus últimos dos hijos, era la calle. Era la calle, la miseria, el no futuro, las falsas promesas, la falsa patria y la más falsa gloria. La infidelidad y la depresión. San Antonio, decía y se decía a sí mismo, era su única salida. Comenzó a pensar en su plan una noche de rones, mientras oía “me han dicho que el pueblo de Badillo se ha puesto de malas, de malas porque su reliquia le quieren cambiar... se la robaron, se la robaron...”. A la mañana siguiente fue a misa sólo para ver al San Antonio y organizar su plan. Ese mismo domingo, en la noche, se metió en la iglesia por una ventana y se llevó la custodia, con la ayuda de un vecino a quien la vida y Dios le importaban aún menos que a él.

Por unos días, para esperar los efectos de la tormenta, la dejaron arrumada en un destartalado taller que había cerrado más de cinco años atrás. El lunes, el cura alborotó al sacristán, y el sacristán a las beatas que llegaron a misa de seis y lloraron porque no habría más milagros ni más bodas, y las beatas al resto del pueblo, y el pueblo a la emisora de radio de la capital, y la emisora al periódico con mayor tiraje de la región. El martes, el robo era noticia nacional: “Se robaron al santo de San Pablo”. Durante dos semanas, Arnaldo se refugió en su casa. Solo. Cuando disminuyó el escándalo, recogió los bronces y yesos que le habían dejado y se los llevó al cura para que alguien esculpiera otro San Antonio. Le pidió unos pesos para comer, lo que tuviera, pero el sacerdote le dijo que ya ni siquiera había milagros.

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