Por: Juan Gabriel Vásquez

El robo en forma de ley

A FINALES DEL AÑO PASADO, ISAÍAS Peña publicó en este periódico un magnífico texto sobre la muerte de José Eustasio Rivera.

Era un resumen del último viaje de Rivera: el que hizo, ya muerto, entre Nueva York y el lugar donde fue enterrado. Pero lo que me interesa ahora no es esa narración, sino las frases con que comienza. “Cada vez que se cumplen 80 años de la muerte de un autor, las editoriales y los editores no sólo conmemoran el aniversario, sino que lo celebran”, escribe Isaías Peña. “A partir de esa fecha dejan de tener vigencia los derechos de autor sobre toda su obra”. Eso fue lo que pasó el pasado 1° de diciembre con La vorágine y Tierra de promisión: un poemario que ya no se lee y una novela que se lee mucho, aunque menos de lo que quisiéramos sus admiradores.

Recordé la protesta de Isaías Peña en estos días, cuando un lector apasionado de las novelas policíacas me dijo que estaba esperando para volver a leer todo lo de Sherlock Holmes y leer además lo que todavía no había leído. A mí me pareció muy bien, pero le pregunté a qué se refería con “estar esperando”. “Bueno, es que el año que viene se cumplen 80 años”, me dijo. Quería decir que se cumplen 80 años de la muerte de Arthur Conan Doyle. Quería decir, también, que sólo entonces los editores se lanzarán sobre sus obras completas, incluido Sherlock Holmes, y volverán a estar disponibles títulos que hoy son imposibles de encontrar, por lo menos en español. Esos títulos no están disponibles porque hay que pagar por ellos; el año que viene será gratuito publicarlos, y por eso se publicarán.

No voy a rasgarme las vestiduras por el hecho de que un editor aproveche esta circunstancia: el problema no está en el editor, sino en la ley. Es la ley lo que no entiendo. ¿En qué momento se implantó en nuestra cultura (social, jurídica, cultural) la idea de que esto está bien? No tengo ningún respeto por nuestros legisladores, y en estos tiempos menos que nunca, pero estoy dispuesto a aceptar que alguien tuvo una buena razón para decidir que, pasados 80 años desde la muerte de un autor, los derechos sobre su obra son públicos. Pero que alguien me la explique, porque la disposición, para mí, es la legalización del robo. ¿A quién se le ocurriría que los predios que un hombre ha comprado en vida sean del dominio público 80 años después de su muerte? ¿A quién se le ocurriría que una joya de familia, pongamos, o el rifle con que murió el abuelo en 1899, les pueden ser arrebatados a los legítimos herederos cuando 80 años hayan pasado?

Y sin embargo, eso es lo que pasa con la propiedad intelectual. Y yo no veo la diferencia: escribir Madame Bovary o componer la Oda a la alegría costó a sus autores tiempo y dinero, además de ataques generalizados y una cierta angustia: ¿por qué no heredan la propiedad sobre esas obras los descendientes de Flaubert y Beethoven? Me vienen a la mente varios escritores que han muerto, muchas veces a manos de sus propios gobiernos, por escribir lo que escribieron: ¿es lógico que el derecho de explotar esos escritos le llegue a ese gobierno asesino sólo porque se ha cumplido un plazo?

Los descendientes de Rivera deberían seguir ganando ese porcentaje miserable que ganan los autores cada vez que un escolar comprara La vorágine. Pero eso no sucede. Y a mí me parece un robo.

 

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