Por: Daniel Pacheco

El ruido de la guerra

La paz no es lo más importante para la mayoría de los colombianos, pero es el tema que ha dominado las últimas cinco elecciones presidenciales.

 Incluso los detractores del proceso de paz con las Farc se están llenando sin asco la boca de plumas de paloma.

“Paz, pero con condiciones”, repite Óscar Iván, como un robot de frases cortas y efectivas. El manizaleño, que ahora habla como paisa, dice ser la promesa de la verdadera paz, pero sin impunidad. Vaya contradicción de términos.

Con él vendrá “país distinto” igual al del de hace cuatro años; con “seguridad democrática”, “cohesión social”, “confianza inversionista” y un “Estado austero”, según su programa de gobierno. Y si la guerrilla no cumple sus condiciones diseñadas para ser incumplibles, Óscar Iván nos asegura la misma guerra que libró su jefe y no fue capaz de ganar en ocho años. Pasará otro período de estancamiento militar, y otra vez se repetirá la oportunidad irrepetible, y de nuevo estaremos en un mayo-junio de elecciones hablando de la paz.

Si la promesa de la paz es suficiente para un país ya sin sensibilidad por sus muertos y desplazados, debería serlo el aburrimiento del ruido de la guerra.

Cuando amainó un poco, hace cuatro años, sin negociaciones a la vista, ni amenazas inmediatas guerrilleras, surgieron los temas importantes. La ola verde, antes de caer en el sectarismo fanático que la destruyó, logró electrizar a una masa crítica de ciudadanos cansados de la corrupción y las prácticas perversas de las élites políticas.

Cuatro años después, sin la misma mística, pero con el mismo mensaje, Enrique Peñalosa fracasó estruendosamente entre los tambores de guerra del uribismo y los trinos de paz de Santos.

Si el lastre fiscal de tener un pie de fuerza de 470 mil soldados y policías no es suficiente; si 5,7 millones de desplazados, 200 mil muertos y 1.000 niños heridos por minas no alcanzan a ser un motivo suficiente para apoyar las mejores perspectivas de lograr el fin del conflicto, que entonces lo sea la posibilidad de traer al frente un tema distinto a la guerra al debate nacional del futuro.

Sólo entonces Colombia, un país que como todos los demás lucha con su déficit de atención durante cortos períodos electorales que tienen importantes consecuencias, podrá abordar con algo de intensidad esos problemas que todos dicen que sí los afectan más. Puede ser una reforma profunda a la justicia, o una verdadera revisión a la forma como se cobran los impuestos. Qué tal que el país logre obsesionarse por su política educativa, o ensañarse realmente sobre la corrupción de los políticos. Sólo sin el ruido de la guerra y las promesas de la paz.

Pata: Hay una gran diferencia entre la publicidad negativa en la política y la guerra sucia electoral. Una es legítima y la otra es ilegal. Bienvenido el picante en estas elecciones, lo del castro-chavismo, por ejemplo, es publicidad negativa genial. Lastima que Óscar Iván, con su hacker, no supo distinguir entre una y otra. Lo mismo es de esperar en un eventual gobierno suyo.

 

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