Por: Armando Montenegro

El ruido de Vásquez

UNA PRIMERA VIRTUD DE EL RUIDO de las cosas al caer, la última novela de Juan Gabriel Vásquez, Premio Alfaguara de Novela 2011: parar de leerla o aun interrumpir su lectura, una vez se empieza, se hace muy difícil.

Una segunda: el lector cierra el libro habiendo sentido todo el tiempo que le hablaron, a él, en parte de él mismo, que le pusieron las palabras justas a su vivencia individual de esa experiencia colectiva y terrible y sentida por todos que fue la violencia colombiana de fines de la década de los años ochenta y comienzos de los noventa.

Ambas virtudes responden a la ya consagrada destreza de Vásquez como escritor, por supuesto, pero la segunda lo es también porque el lector, en muchos casos por primera vez, tiene la posibilidad de leer algo de su vida, reclamar para sí, nombrar y apropiarse de los efectos de una violencia que padecimos todos como sociedad, pero también él (lector) como individuo. Vásquez pone las palabras de esta historia, y el lector tiene cómo decir: esta historia también es mía; por fin hace catarsis (algo parecido sucede, y de manera contundente, con El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince).

En las entrevistas que ha dado a propósito de su última novela, Juan Gabriel Vásquez, nacido en 1973, reclama para su generación, con cierto carácter de orgullosa exclusividad, como un trofeo no deseado que le pertenece, las hondas cicatrices que dejó la violencia del narcotráfico en Bogotá. Él es uno de tantos jóvenes que se asomaron a la vida adulta con el telón de fondo de los asesinatos de candidatos, ministros y jueces; que sufrieron las explosiones de las bombas y los disparos de los sicarios. Las motos de los asesinos, la masacre del Palacio de Justicia, los entierros de muertos que parecían incontables, el desconcierto y las lágrimas por la muerte de Galán, Pizarro o Pardo Leal. Todo esto atravesaba, entre clase y clase, tinto y tinto, billar y cerveza, la cotidianidad de los entonces estudiantes de su generación o la de cualquier joven profesor universitario. El curso de la vida, en un contexto como aquel, no le pertenecía a nadie. El azar, el absurdo, mandaban: una bala perdida, la explosión de una bomba, el atentado contra un avión o aun la negligencia de unos pilotos, lo definían todo. Los posibles proyectos de vida eran en vano: en segundos los borraba una violencia que aparecía de pronto y que disponía de la vida y las ilusiones de cualquier ciudadano de este país. De ahí la impotencia del personaje central de la novela, que pretende encarnar, según Vásquez, la pregonada impotencia de su propia generación.

Pero de lo que tal vez Vásquez no se percata, según las reiteraciones de las entrevistas que ha dado, es de que esa impotencia, esa incertidumbre, ese tener la vida empeñada y torcida por el azar y el capricho de los violentos, encarna también buena parte de las vivencias de mi generación, y también de la anterior a la mía y seguramente de la de nuestros hijos; de lo que tal vez Vásquez no se percata es de que su novela nos permite a todos apropiarnos de ese horrible trofeo no deseado, sentirlo, vocalizarlo, contarlo y, ojalá, liberarlo. Un logro que no es nada menor. Lo que sí es exclusivo de su joven generación es que hasta ahora, a diferencia de casi todas las demás, la suya cuenta con un novelista de genio que pudo contar justamente eso que vivimos y padecimos todos.

 

 

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