El saber nos hace libres

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Idealmente los Estados deberían propiciar el que sus respectivas poblaciones cumplan Participación Democrática consciente, para que las decisiones fundamentales que las mayorías ciudadanas tomen sobre los planes de desarrollo, las prioridades, la ética y los modos de los gobiernos resulten del consenso y no de la coerción.

Se supone que a tal nivel han evolucionado las democracias en países Estado de Derecho, respetuosos de la independencia de poderes, de la biodiversidad, de las diferencias de toda índole, de las autonomías justas y etcétera de satisfacciones procuradas por un orden constitucional para el bien común.

Pero en el mundo real la concordancia entre lo estatal, lo gubernamental y lo social no se da a plenitud ni siquiera en las repúblicas democráticas del primer mundo, porque así como la avaricia capitalista propicia los monopolios, la ambición política procura gobernanzas hegemónicas, que los perpetúen en el poder. Para ello, los negociantes nos hacen clientes desde que nacemos, la oferta determina la demanda. Igualmente partidos políticos, iglesias y sectas ideológicas cooptan adeptos, manipulan conciencias, con los mismos métodos del mercado, publicidad alienante, persuasión subliminal o coerción explícita, para lo cual útil les ha sido apropiarse de los medios de comunicación y dominar la información.

Ahora que el mercado nos provee tecnología portátil para comunicarnos e informarnos en todo instante, resulta aparente el albedrío, la autonomía, la voluntad, pues cada vez, de modo sutil e imperceptible, al ser se le moldea el gusto, la percepción, la sensibilidad, la mente, haciéndolos vallas vivientes que con orgullo ostentan las marcas impuestas por los monopolios.

En las instancias por el dominio de gobiernos y conciencias, rondan y acechan poderes espectrales, globalizados, ubicuos, con tentáculos que accionan simultáneamente en lo presencial y lo virtual, tanto las iglesias como las sectas envían emisarios puerta a puerta, los pastores arengan desde los pulpitos y los tribunos políticos desde pantallas y/o plazas públicas. La digitalización sistemática les permite perfilarnos, vigilarnos, saben que padecemos que poseemos, conocen gustos, allegados, rutinas, con todo esa información de tajo pueden convertir poblaciones en clientes, feligreses, prosélitos, consumidores, deudores.

Pero, los oligopolios y las sectas hegemónicas, no consideraron que la internet y la popularización de las tecnologías comunicacionales, también atizaría la ira latente en las multitudes afectadas por el capitalismo salvaje y la rebeldía connatural a la juventud. De hecho, la efectividad de las redes sociales favoreció el intercambio de conocimiento colectivo y empoderó a millones de personas a organizarse en la virtualidad y compartir denuncias sobre discriminaciones de género, racismo, violación de derechos humanos, crímenes ambientales, corrupción, delitos políticos, etc. Hasta constituirse en neo conciencias que, para estupefacción de la medusa imperial, trascendieron de las plataformas digitales a multitudinarias manifestación en las calles de Taiwán, París, Chile, Argentina, Colombia…

Mas como era de esperarse, en el bando de los megalófilos hicieron alianzas reaccionarias: multinacionales oligocráticas, iglesias evangélicas, fascistas, entre otros de la caterva ultraconservadora unieron fuerzas para mantenerse en el poder; dos ejemplos de su reacción fueron las elecciones con las que alcanzaron la presidencia los déspotas Trump en EE.UU. y Bolsonaro en Brasil.

Las castas que por tradición han gobernado no pueden desconocer la impetuosidad de las nuevas ciudadanías concientizadas a la sazón de la intercomunicación. Acaso la imprevista pandemia Covid amainó el ímpetu de una subversión global.

Lo que si quedó demostrado es que el antídoto contra la dominación hegemónica y la manipulación del espíritu colectivo es el conocimiento. La medusa proterva no ceja en apropiarse de la información y las comunicaciones porque entendió que el saber nos hace peligrosamente libres.

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