Por: Patricia Lara Salive

El sabor de la paz

Entusiasmada por la crónica que hace unas semanas le leí a Fidel Cano, director de este periódico, viajé como turista a La Macarena, ese territorio que en épocas de Pastrana hizo parte de la zona de despeje; allí donde las Farc eran la autoridad y donde las leyes que se obedecían eran las suyas; allá donde la guerra sí se vivía a diario, como la describió Alirio, nuestro guía, quien en varias oportunidades, desde muy niño, escapó del fuego cruzado entre el Ejército y las Farc; y tuvo que caminar a diario, con cuidado, por el largo camino que lo conducía a la escuela, sin salirse a jugar por las laderas, para no tropezarse con alguna de las minas quiebrapatas sembradas por todas partes; y se vio obligado a vivir y a moverse en medio del conflicto de lealtades en que permanecían los habitantes de la zona, quienes tenían que negar, como Pedro, que conocían o habían visto, unas veces a la guerrilla, otras al Ejército; y tuvo que sufrir con la muerte de varios de sus amigos, que fueron asesinados en esa práctica atroz que se denominó falsos positivos; y se acostumbró a sentir miedo a todas horas, un miedo que ahora, después de lograda la paz, se esfumó por fin, y ojalá para siempre.

Hoy Alirio, como Lucho, como Albeiro, como tantos, es un guía turístico capacitado, que se gana la vida con alegría, acompañando a los miles de turistas que visitan la región, y llevándolos a Caño Cristales, ese paraíso de ensueño donde corre el río de los siete colores, visitado cada vez por más extranjeros, en su mayoría franceses, italianos, españoles, alemanes, norteamericanos, y por muchos colombianos interesados en conocer esa parte de Colombia a la que prácticamente antes de que se firmara la paz no se podía ir, porque era, palabra más palabra menos, el país de las Farc.

El año pasado, casi 17.000 turistas visitaron La Macarena. Y este año se espera que esa cifra sea mucho mayor. Y gracias al desarrollo del ecoturismo, que se ha convertido en la segunda fuente de ingresos de la región, después de la ganadería, 600 familias han solucionado su manutención. Y los jóvenes han comenzado a vislumbrar un futuro distinto. Y han adquirido conciencia de la necesidad de cuidar el ecosistema. Y se encargan de educar a los turistas para que no contaminen Caño Cristales, y no arrojen papeles y desperdicios a sus aguas cristalinas, y no usen bloqueadores ni repelentes, y no boten basura en los senderos.

—¿Y ustedes están de acuerdo con que se haya firmado la paz? —le pregunto a Alirio.

—Claro que sí —me dice—. Ahora vivimos sin ese miedo…

Y le hago la misma pregunta a Lucho, quien me responde de igual manera y agrega:

—En La Macarena ganó el sí.

En efecto, en ese municipio el plebiscito por la paz ganó en una proporción de uno a tres. Es que, definitivamente, es muy fácil, desde la comodidad lejana y segura de las grandes ciudades, sentarse a criticar los acuerdos de paz, a decir que han debido ponerles más penas y darles menos beneficios a los de las Farc; y mirar los toros desde la barrera, y aplaudir que maten guerrilleros, y ver cómo los soldaditos cumplen con el deber de morirse en combate, sin que quienes vociferan contra la paz lograda corran el más mínimo riesgo.

Pero cuando se vive en medio de las balas, ¡cómo se aprecian y se disfrutan los beneficios de la paz!

Y a propósito de guerras, hoy hace 28 años el narcotráfico, con la complicidad de sectores del Estado, asesinó a Luis Carlos Galán. ¡Cómo nos hace de falta usted, recordado Luis Carlos!

www.patricialarasalive.com, @patricialarasa

Buscar columnista

Últimas Columnas de Patricia Lara Salive

Gracias, presidente Santos

Prefiero a Petro

Iván Duque, ¿su padre hizo esto?

El voto en blanco: ¿bobada o cobardía?

¡Agradézcale a la JEP, señor fiscal!