Por: Francisco Gutiérrez Sanín

El sastre de la moralidad

En su esfuerzo por construir alguna clase de pánico moral alrededor del proceso de paz en curso, Uribe puso a circular fotos de miembros de la delegación guerrillera durante su estancia en La Habana.

Se trata en realidad de escenas totalmente inofensivas, que no merecerían ningún comentario si no fuera por todo el eco que les han hecho los medios electrónicos de comunicación (que llega a extremos ridículos: “vemos a Andrés París tomando un líquido que podría ser ron cubano”), líderes de opinión, y hasta miembros del Gobierno (“viven como reyes”: mindefensa, que no pierde oportunidad de sabotear la única política que podría garantizar la sobrevivencia de su jefe. Pero éste sigue tan campante).

Sería bueno que alguien refrescara la memoria de los colombianos acerca de qué sucedió durante el proceso de paz del propio Uribe con los paramilitares. Aquí va una lista muy corta, que espero continuar después con comentarios adicionales. Como recordará el lector, las negociaciones de Uribe con las paras comenzaron en diciembre de 2002 y culminaron aproximadamente cuatro años después. En el transcurso de ese turbulento período hubo enormes conflictos entre distintas unidades paramilitares. Por ejemplo, el bloque Metro fue destruido por el Cacique Nutibara entre 2003 y 2004, y su cabeza visible, alias Doble Cero, cazado como una rata en la costa Atlántica. Se trató de un enfrentamiento público y masivo (y, claro, no fue el único). El jefe de las negociaciones, y figura reconocida de las autodefensas, Carlos Castaño, fue asesinado por su hermano, junto con algunos cómplices, en 2004. Los paramilitares declararon tener en su nómina, o en su bolsillo, al 35% del Congreso, cosa que a la postre se comprobó. Llevaron a cabo numerosas operaciones para apoderarse de jirones enteros del sistema político a nivel regional y local, y también eslabones claves de los organismos de seguridad. Exportaron coca en masa. Entre tanto, siguieron cometiendo masacres aterradoras, algunas de ellas muy grandes. De las que uno podría llamar macromasacres, son al menos diez las que se perpetraron durante las conversaciones de paz. Toda esta acción criminal la llevaban a cabo al ritmo enloquecido de las rumbas en el supuesto sitio de reclusión de Santa Fe de Ralito, por donde circulaban libre, y presumo que alegremente, “chicas que podrían ser Águila”, para parafrasear la expresión de los redactores de libretos de algún noticiero privado, además de políticos, armas, dinero y drogas, como denunció en su momento la revista Semana.

¿Y acaso recuerdan ustedes cuál fue la reacción del Catón de Twitter ante esos hechos? Simple. En algunos casos, cerró los ojitos y apretó las carnitas tan duro, tan duro, que logró no ver nada. Y por lo tanto calló, y sigue callando, con el silencio hierático e irreparable de las tumbas. En otros, legitimó al grupo ilegal, incluso a costa de las instituciones del Estado. Llamó al proceso de la parapolítica iniciado por la Corte Suprema de Justicia “el último coletazo del terrorismo”, pidió a los parapolíticos “votar mientras no estén en la cárcel”, y hostilizó a los periodistas que denunciaban los escándalos.

Uribe en plan de defensor de la moral durante los procesos de paz es más falso que el supuesto sastre del papa. Y hay que llamarlo a responder por sus silencios durante las aterradoras masacres de los paramilitares en el transcurso de sus propias negociaciones que, no se olvide, duraron cerca de cuatro años, a pesar de los íntimos vínculos que tenían los paras con actores intrasistémicos. Las actuales, por varias razones, tienen que ser mucho más cortas. Pero también necesitan defensas vigorosas y claras ante las insólitas pretensiones de Uribe de constituirse en autoridad moral en estos asuntos.

 

 

Francisco Gutiérrez Sanín*

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Francisco Gutiérrez Sanín

Con el pecado y sin el género

Obras son amores…

Travesuras

Unas preguntas

¡Que devuelvan la plata!