El secreto del virus

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La epidemiología es una rama de las matemáticas, y por eso sus conclusiones son tan rigurosas.

La base de esta ciencia es muy sencilla: igual que los rumores en una red social, el virus es transmitido por las personas; pero si las personas no lo transmiten, el rumor o la epidemia desparecen automáticamente.

Ahora bien: la cosa más importante que ha logrado la humanidad en estos meses es entender precisamente cómo se transmite el virus que produce la COVID-19. Por eso también sabemos precisamente cómo no se transmite: lavado de manos, cuidado de ojos, distanciamiento físico, uso del tapabocas. Cada una de estas prácticas reduce la probabilidad del contagio y, tomadas en conjunto, la eliminan por entero.

Había un modo todavía más directo de acabar esta pandemia: encerrar en sus casas a todos los habitantes durante 14 días. Esto es el “aislamiento preventivo obligatorio”, y es una barbaridad porque la gente se muere de hambre y porque no es posible encerrar a todas las personas (en Colombia, por ejemplo, no podían encerrarse unos 12 millones de habitantes, y se perdieron 5,4 millones de empleos en los 47 días que duró la cuarentena general —25 de marzo a 11 de mayo—).

Cerca de 20 países en el mundo ya tienen bajo control la expansión de la pandemia. Estos países aplicaron de inmediato la estrategia de testeo-seguimiento- aislamiento de personas contactadas; otros países, como Italia o España, demoraron en hacerlo, pero tras muchas muertes y con grandes costos lograron recuperar la ventaja que les llevaba el virus.

El Gobierno en Colombia está haciendo lo que puede, pero el virus, infortunadamente, va ganando la carrera. Esto no quiere decir que las trancas no sirvan, ni que a Colombia le irá peor que a algún otro país: la diferencia final dependerá de cómo se hayan comportado las personas.

El remedio efectivo contra el virus es entonces que todos adoptemos aquellas simples medidas preventivas. Esto no es fácil, pero es mucho más barato que cerrar la economía, más factible que comprar ventiladores o tener los equipos suficientes para el testeo-seguimiento-aislamiento de miles de personas.

El cambio de las conductas es la mejor manera de minimizar el número de muertes y minimizar también los daños a la economía. Por eso, mientras llega el remedio o la vacuna, tenemos que priorizar el cambio en lo que llaman “cultura ciudadana”.

Esto, repito, no es fácil, pero es obvio que muchos, la inmensa mayoría, ya hemos cambiado de conducta y estamos frenando el virus. Lo que queda es lograr que todos los colombianos hagamos eso mismo.

La gente cambia de conducta porque está convencida, por el miedo, por temor de contagiar a sus mayores o porque el Gobierno la obliga. No cambia de conducta por ignorancia, porque su riesgo personal es bajo (los jóvenes) o porque las circunstancias se lo dificultan (el vendedor ambulante); pero este vendedor puede utilizar un tapabocas.

Hay que entender bien lo motivos de la gente y adoptar de inmediato una estrategia que responda a esos motivos. Yo me imagino las calles llenas de niñas bonitas mostrando cómo se usa el tapabocas, mimos enseñando a no hablar en los buses, policías regalando jabones, soldados de los que tantos tenemos distribuyendo mercados en los barrios populares, shakiras, juanes y balvines componiendo canciones pedagógicas, un concurso nacional de tapabocas, al presidente y los alcaldes hablando de cultura y no de “disciplina”, a los canosos callados en vez de poner tutelas…

En fin, Colombia es el país del ingenio y es hora de utilizarlo.

* Director de la revista digital “Razón Pública”.

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