Por: María Elvira Bonilla

El secreto ganador

NADA MÁS NOCIVO PARA LA FORMAción del carácter que el consejo que la abuela del ex fiscal Mario Iguarán le dio en su infancia en Cerrito, Valle: “Hijo, trate de estar bien con todo el mundo”.

Iguarán lo recordó con admiración al dejar el cargo la semana pasada. Consejo que podría ayudar a explicar su frecuente pusilanimidad a la hora de tomar decisiones y enfrentar temas de fondo, cuando su templanza habría sido fundamental a la hora de perseguir la corrupción y sobre todo la de cuello blanco; castigar la muerte criminal y sobre todo la nauseabunda de los falsos positivos; pero también a la violencia cotidiana, el atropello de los más débiles, el abuso de poder que hoy campea y quebranta todos los límites. Un consejo de abuela que parece haberse vuelto práctica general de buena parte de los políticos, que terminan por pretender quedar bien con todo el mundo colocándole una vela a dios y otra al diablo, presos de la perversa lógica de la conveniencia que para avanzar da dos pasitos hacia adelante y uno para atrás, en un remedo de progreso que ciertamente no conduce al futuro.

El pensamiento de los sabios de la antigüedad cobra vigencia en los tiempos actuales, bellamente presentado por Walter Riso en su último e inspirador libro  El camino de los sabios. Recuerda Riso que para la mayoría de los filósofos de la antigüedad, buscadores y amantes de la sabiduría, la coherencia era la única forma posible de vivir. Además de hablar con elocuencia hacían lo que decían. Con su libro, Riso busca extraer claridad de la filosofía antigua, claridades para iluminar la vida cotidiana de la gente común y corriente que en la actualidad está atrapada por la confusión. Recuerda entre las de muchos filósofos, las palabras de Séneca: “Este es el cometido más importante de la sabiduría: que las obras concuerden con las palabras, que el sabio sea en todas partes coherente e igual a sí mismo. ¿Quién logrará esto? Algunos pocos, y aunque la tarea es ciertamente difícil, no pretendo que el sabio haya de caminar siempre al mismo paso, sino por la misma ruta”. Las personas que son congruentes, y más cuando se trata de líderes, inspiran confianza y respeto. Quienes se las juegan por sus ideas producen fascinación y respeto, confrontan y movilizan, aunque por momentos padezcan soledad e incomprensión. Porque finalmente lo auténtico se reconoce y se aplaude.

Esto lo confirma en el caso colombiano Álvaro Uribe. Su éxito electoral y su popularidad después de siete años en el poder tienen un nombre: coherencia. Coherencia en su lucha obsesiva y permanente contra la guerrilla y cualquiera de sus supuestos aliados, manteniendo machaconamente su discurso y su ánimo, sin dejarse distraer. Eso se lo reconocen ampliamente los colombianos de todas las condiciones. Una obsesión focalizada en la guerra y en salvar, desde una óptica simplista, la patria. Y de allí no se mueve.

 Por eso el llamado voltearepismo, tan de moda entre la mayoría de los candidatos presidenciales; el vulgar oportunismo, buscando la sombra momentánea que mejor abrigue, acaba con cualquier asomo de credibilidad y la gente lo cobra. Mal consejo el de la abuela de Iguarán. Al nieto, cuando más, le va a dar para embajada.

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