Por: Patricia Lara Salive

El seductor

— Estoy absolutamente seducido (por Santos) —declaró el exalcalde Lucho Garzón, quien en las elecciones pasadas lideró la campaña del Partido Verde de Antanas Mockus.

Como Lucho, está seducido por el presidente el 86% del país, que en las encuestas refleja tener de él una buena opinión. Y lo está el 95% de las fuerzas políticas, empezando por Cambio Radical, antes opuesto a Santos y hoy su principal apoyo político (su jefe, Germán Vargas Lleras, y uno de sus miembros, la canciller María Ángela Holguín, son los ministros estrella del Gobierno); y está seducido el Partido Liberal, dirigido por Rafael Pardo, exopositor de Santos; y el Partido de la U, o exuribismo vergonzante, como lo denomina Antonio Caballero; y algunos exmiembros del Polo Democrático; y casi todos —por no decir todos— quienes éramos columnistas de oposición al gobierno de Uribe, ¡incluido el mismo Caballero: así lo confiesa con resignado pesar!

Pero, lo que es más sorprendente y nadie ha mencionado, es que también el hermano del presidente, mi amigo Enrique Santos Calderón, que siempre mantuvo discrepancias y rifirrafes con él, y que cuando escribí para El Espectador el perfil de Santos, titulado “Año Nuevo con el presidente”, me regañó porque yo “me había dejado meter los dedos a la boca”, resultó conmemorando el primer año de la elección de Juan Manuel con un santista y bien escrito análisis, publicado en El Tiempo, a raíz del cual le escribí diciéndole, palabra más o palabra menos: “¡Felicitaciones por tu artículo, y bienvenido al club de los que nos dejamos meter los dedos a la boca!”. (Enrique me contestó, de manera cariñosa, aludiendo a mi ironía).

En el ámbito internacional, Santos también se ha reconciliado con sus enemigos: con el presidente venezolano, Hugo Chávez, quien era su enemigo público número uno, y con el de Ecuador, Rafael Correa, que parecía como si no durmiera tranquilo hasta mandarlo a la cárcel por penetrar en su territorio para bombardear el campamento de Raúl Reyes. Y ha logrado ser, simultáneamente, amigo de enemigos irreconciliables: el peruano Ollanta Humala y el panameño Ricardo Martinelli; el hondureño Porfirio Lobo y Manuel Zelaya, depuesto por él; y consiguió lo increíble: poner a María Emma Mejía, miembro del Polo Democrático, a alternar la Secretaría de Unasur con su opositor chavista. Pero, además, obtuvo un triunfo aun más inverosímil: que la bancada uribista, por unanimidad, aprobara en el Congreso la Ley de Víctimas y de Tierras, a pesar de que Uribe intervino para que ella no pasara en los términos en que lo hizo.

Ahora, cuando se va a cumplir su primer año de gobierno, hay que reconocer que ¡es innegable la habilidad con que Santos maneja la política! ¡Y todo lo hace sin peleas y sin que se le mueva un músculo de la cara!

Caballero afirma que es asombroso que ello ocurra a pesar de que nada ha cambiado. Sin embargo esta es de las pocas veces en que no estoy de acuerdo con él: puede que, en la práctica, nada haya cambiado. Pero ya cambió en la ley todo lo que se necesita para que el gran cambio pueda darse.

Y hay algo que, definitivamente, sí cambió: ¡hoy, a las víctimas, el presidente les pide perdón, y ya no las trata como si ellas fueran las victimarias!

¡Chapeau, Monsieur le President!

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¡Cómo nos va a hacer de falta que nos regales la dicha de poder bailar nuevas canciones tuyas, Joe Arroyo! Esa música tuya, repleta de Barranquilla... Paz en tu tumba…

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