Por: Mario Méndez

El señor don Radamel

La cosa electoral hizo empalme con los sueños mundialistas de nuestro fútbol. Entonces, del centro de la información fueron desapareciendo las bajezas de la campaña, con tal de ganar, para darles paso a las actuaciones de los muchachos de José Pékerman. Y también aquí –¡faltaba más!– llegaron a escena los pequeños o grandes lunares de lo inmoral, las desvergonzadas triquiñuelas de la Fifa, las embarradas de los colombianos en Rusia y las hazañas de las grandes figuras en los estadios.

Una cosilla y otra cosilla salen a la luz, el arbitraje mañoso, matizado por las lágrimas de los eliminados y las explosiones de júbilo de quienes pasan a una fase superior, en medio de un colorido que refleja las más bajas y las más elevadas pasiones del mundo contemporáneo. También, las debilidades humanas, el juego nada limpio de unos jugadores que se exceden en busca de la gloria, pero asimismo lo mejor de la conciencia solidaria, el amor de la gente por sus ídolos, en un espectáculo exhibido ante el mundo gracias a los prodigios tecnológicos que se actualizan para una televisión cada vez más nítida, más fiel.

En lo personal nacional, si así se puede decir, emociona el avance de nuestro balompié, que nos pone de nuevo a las puertas de la cúspide, con el poquitín que siempre falta. Inolvidable ese partido contra Inglaterra, en el cual jugaron varios factores, el primero de ellos la designación de un árbitro gringo que no se ha debido aceptar por su cercanía política, cultural y de todo orden con la Gran Bretaña. ¿Por qué la Fifa hace ese tipo de cosas? ¿Se sigue haciendo lo que conviene a las potencias? Y lo último: fue insuficiente que todos trabajaran como trabajaron. De pasar a la otra fase, Suecia quizás hubiera sido menos asustadora que “la orgullosa Albión”…, y ¡vaya uno a saber hasta dónde pudiera haber llegado Colombia!

Volviendo al mundo de la política criolla y relacionándola con la calidad de algunos de nuestros mejores jugadores, qué abismo entre el heroísmo de los seleccionados y el fango de los pasados comicios. A pesar de las características de la mayoría de quienes llegan al fútbol, espacio de reivindicación económica para muchos de ellos, que no hallarían otras formas de ascenso social en un país de tantos desniveles y carencias, alienta que contemos con muchachos que se convierten en ejemplo para los niños, los hombres de mañana, y en cachetada para los corruptos.

Si tomamos un tiempo largo que coincide con el progreso del fútbol colombiano, es grato registrar la presencia de tantos embajadores deportivos cuyo comportamiento deja bien parado al país. En el caso del fútbol, sin duda nuestro abanderado como señor en la cancha y por fuera de ella es Radamel Falcao García Zárate, quien se ha ganado el respeto de la sociedad como persona y, además, el de sus propios compañeros, lo cual no siempre es fácil de conseguir. Vale la pena recordar que durante toda su carrera deportiva, Falcao sólo ha recibido dos tarjetas rojas, ninguna de ellas en Europa, donde descuella con absoluta solvencia.

Tris más. En el ejercicio de la política, necesitamos muchos Falcaos, esto es, con solidez moral.

* Sociólogo Universidad Nacional.

 

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